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La renta básica universal podría ser la clave para un repunte de la natalidad

La renta básica universal es un asunto controvertido. Cuenta con sus defensores y sus detractores, y también con quienes están a favor, pero su adopción se les antoja utópica. Y es que, como su propio nombre indica, estamos hablando de un plan de rentas a nivel mundial, con el que cada individuo recibiría una cantidad mensual determinada, a administrar como desee.

El objetivo de este sistema no es otro que garantizar unos ingresos mínimos a cada ciudadano, para conseguir un reparto más equitativo de la riqueza y reducir las desigualdades sociales. A diferencia de otras ayudas públicas, la renta básica universal no depende de la situación personal del beneficiario, puesto que se considera que el acceso a la misma es un derecho por el simple hecho de pertenecer a una comunidad.

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La tasa de natalidad de España es una de las más bajas de la Unión Europea. Foto: Getty Images.

Sin embargo, la renta básica universal apenas ha conseguido pasar de la fase experimental, puesto que se enfrenta a cuestiones relacionadas con la financiación o la pérdida de incentivos para trabajar. La teoría está ahí, pero ponerla en práctica es extremadamente complicado, por lo que sus efectos sobre la economía no están del todo claros.

Sin embargo, en Alaska se ha podido comprobar que existe una relación directa entre este sistema y la natalidad. Desde 1982, todos sus habitantes tienen derecho a una prestación económica anual por parte del gobierno, que alcanzó los 1.600 dólares por persona en 2018. Un informe publicado por la Oficina Nacional de Investigación Económica estadounidense (NBER) refleja que ‘’la tasa de fertilidad de las mujeres entre 15 y 44 años en Alaska ha sido un 13,1% más elevada debido a la existencia de este fondo permanente’’.

¿Funcionaría este sistema en España?

Este aspecto resulta interesante si tenemos en cuenta la caída de la natalidad a nivel mundial. La tasa de fertilidad del planeta se encontraba en 2,4 hijos de media en 2017 y, en España, es de tan solo 1,31 hijos por mujer, la cifra más baja de la Unión Europa solo por detrás de Malta (1,26). Sin embargo, en Alaska es superior a 2, siendo 2,1 el número que se considera necesario para garantizar el reemplazo generacional.

En la última encuesta de fertilidad publicada por el INE, un 20% de las mujeres españolas sin hijos aludían a motivos económicos y laborales como motivo principal. La edad de emancipación de los jóvenes españoles es de 29 años de media, tres más que en la UE, retrasando, a su vez, la edad para concebir el primer hijo. A esto se le une, en muchas ocasiones, la poca posibilidad de conciliación familiar de su trabajo, que les impide disponer de tiempo suficiente para formar una familia.

Por otro lado, un 35% de las mujeres que han tenido su primer hijo biológico más tarde de lo que ellas consideran ideal también culpan a las mismas razones. El aplazamiento del primer hijo provoca, en muchos casos, que la familia no llegue a ampliarse más. Por tanto, lo que se pretende conseguir con este dividendo es dar un respaldo económico a las mujeres, para que puedan ser madres antes y reduzcan el tiempo entre nacimientos, con el consiguiente aumento de la tasa de fertilidad a largo plazo.

Hay que tener en cuenta, por tanto, que la natalidad no está solo vinculada al desarrollo económico, sino también al empleo de calidad, las facilidades para conciliar vida laboral y familiar y las ayudas públicas. El caso de Alaska demuestra que, aunque el establecimiento de la renta básica universal es poco viable y cuenta con numerosas desventajas, es cierto que sí se podría diseñar un programa a pequeña escala, que podría ser clave para darle un empujón a la natalidad.

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