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En el Salón Oval aún hay rastros del demonio

·4 min de lectura
Los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump y Joe Biden, se enfrentarán este jueves en el segundo y último debate con los micrófonos silenciados cuando no les toque hablar para evitar interrupciones
Los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump y Joe Biden, se enfrentarán este jueves en el segundo y último debate con los micrófonos silenciados cuando no les toque hablar para evitar interrupciones

El ministro de Relaciones Exteriores de Francia dijo estar “furioso y amargado” y calificó lo hecho por el presidente norteamericano, Joe Biden, de “brutal”.

Pero esos duros calificativos no son nada frente a lo que dijo ese mismo diplomático, Jean-Yves Le Drian, a fines de la semana pasada. Le Drian dijo que la decisión de Biden de negociar un acuerdo secreto de submarinos con Australia –que en los hechos dio de baja un lucrativo arreglo que tenían los franceses– le recordaba mucho “al tipo de cosas que hacía el señor Trump”.

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Y por supuesto que nada de Biden debería parecerse jamás, ni por asomo, a Donald Trump.

La promesa era esa, ¿o no? Ese era precisamente el plan. Hay muchas cosas que admirar en Biden, pero para ser honestos fue elegido presidente básicamente porque se presentó a sí mismo como la antítesis, o incluso más que eso, como el antídoto contra Trump. Implícita y explícitamente, Biden se comprometió a responder a la ignorancia de Trump con experiencia, a la torpeza de Trump con agilidad, a la brutalidad de Trump con empatía, a la ignominia de Trump con integridad.

Apuesto a que la mayoría de los estadounidenses que votaron con ganas por Biden estaban votando con más ganas todavía contra Trump. La presidencia de Biden nació bajo esa sombra, que además le impuso una carga especial. Si bien es esperable que cada nuevo ocupante del Salón Oval prenda unos sahumerios para ahuyentar el tufo del inquilino anterior, de Biden se esperaba directamente un exorcismo: no debía quedar rastro del paso del demonio.

Pero se retiró de Afganistán sin el nivel de consulta, coordinación y competencia que esperaban los aliados de Estados Unidos, o al menos de lo que esperaban de cualquier presidente que no fuese Donald Trump.

Además, sus acciones –mejor dicho, su inacción– frente a los afganos que quedaron atrás adolecieron de falta de empatía, algo que supuestamente tenía para regalar. Eso no lo convierte en un Trump. Pero tampoco en un no-Trump. Como escribió David Sanger en The New York Times, algunos aliados “ya lo acusan públicamente de perpetuar elementos del enfoque de ‘Estados Unidos primero’ del expresidente Donald J. Trump, aunque en el envoltorio de un lenguaje mucho más inclusivo”.

Debate televisado entre Donald Trump y Joe Biden. Crédito: Sarah Silbiger
Debate televisado entre Donald Trump y Joe Biden. Crédito: Sarah Silbiger


Previo a las elecciones, Trump y Biden parecían en las antípodas de la ideología y la práctica políticas

Y la repatriación que hizo Biden de cientos de migrantes haitianos desesperados a Haití, a pesar de que muchos ya no tienen vínculos en la isla porque huyeron hace años, también lo asemeja a Trump a los ojos de muchos analistas. La intensidad del enojo de algunos demócratas por ese tema va más allá del hecho puntual y apunta al valor simbólico de esa decisión. Para ellos, el contraste que marca Biden con Trump no es lo suficientemente tajante.

Como escribieron esta semana Sean Sullivan y Nick Miroff en The Washington Post, a los funcionarios de la Casa Blanca “les está costando justificar las crueles imágenes de los agentes fronterizos tratando sin piedad a los inmigrantes haitianos” y ahora enfrentan el creciente enojo de los defensores de los derechos de los inmigrantes “que están cada vez más convencidos de que Biden no va a cumplir su promesa de campaña de defender a los extranjeros vulnerables que buscan una vida mejor en Estados Unidos”. El caos fronterizo atribuido a la incompetencia e insensibilidad de Trump está de vuelta y una vez más acapara las noticias.

Esta semana, cuando Biden trepó al podio de la ONU para pronunciar su primer discurso como presidente norteamericano ante la Asamblea General, la incógnita no era cómo le iría en términos de su propio pasado, presente y futuro. La incógnita era hasta qué punto se recortaría a sí mismo como antítesis de Trump. Su proclama anterior, “Estados Unidos ha vuelto” fue entendida en código como sinónimo de “Trump se fue”. Ahora tenía que demostrar que había llevado a cabo con éxito el exorcismo.

Pero hay un pequeño problema: si Estados Unidos fue poseído por Trump es debido a las frustraciones y sentimientos desatendidos de muchos votantes norteamericanos, que no se han evaporado y que tienden a perdurar.

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Biden y sus asesores lo saben, y conocen el peligro político de todo lo que huela a una política de fronteras abiertas, a una generosidad moral hacia los recién llegados que puede percibirse como una desatención de las necesidades de los que ya estaban. En la Casa Blanca saben que es peligroso presentar a Estados Unidos como salvador del mundo, porque para muchos votantes eso equivale a renunciar al interés nacional –y sacrificar las vidas de norteamericanos del servicio activo– en aras de algún altísimo ideal.

Seguramente han calculado que la indignación de los franceses no es políticamente grave, y menos si es una reacción ante la decisión de Estados Unidos de ocuparse de sí mismo. Y sin duda ya están pergeñando la justificación electoral para algunas maniobras de tipo “Estados Unidos primero” sin los golpes de pecho que solía acompañar ese latiguillo trumpista.

Así y todo, Biden está muy lejos de Trump. Aleluya. Pero eso no significa que Trump no lo haya marcado. Y tampoco significa que no termine en el mismo lugar, porque se mueve siguiendo algunas de esas mismas dinámicas.

(Traducción de Jaime Arrambide)

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