Mercados españoles cerrados

De afortunadas a ser despedidas por casarse: la batalla de las trabajadoras del Metro de Madrid

Las trabajadoras del Metro de Madrid recuerdan con cariño a Carmen Vicente, una de las primeras jefas de estación. Había entrado en la empresa a finales de los setenta y un conductor se negó a obedecer sus órdenes porque él, dijo, no obedecía a una mujer. Fue entonces cuando la responsable tuvo que llamar al inspector jefe para que diera la orden.

Metro de Madrid fue una de las primeras empresas que empleó a mujeres, algo que sorprendió en la España de 1919, el año en que se inauguró la llamada Compañía Metropolitano y la presencia de taquilleras, el gremio al que pertenecían, atrajo el interés de los periodistas: aquello era revolucionario. Con los años, las trabajadoras del metro han tenido que abrirse paso en un entorno laboral masculino que también tomaba las decisiones.

María Luisa Rubio, de 63 años, entró en la empresa el 4 de junio de 1979. Le sorprendió el paternalismo con el que se le trataba / Foto: Diego Cobo

Cuando Pilar Bravo llegó con su familia a Madrid desde Ceuta y vio el anuncio en el periódico de 200 plazas para trabajar en el metro, se lo consultó a su tío, que aprobó su decisión. “Yo no sabía esa fama que tenían las taquilleras”, recuerda ahora, “pero cuando se lo dije a mis amigas, lo vieron como una cosa mala”.

Pilar tenía 19 años, se había examinado en agosto de 1966 y empezó a trabajar tres semanas después. Entre medias, sin embargo, la Guardia Civil entró en su casa para conocer a la futura empleada. “Tenían que saber qué tipo de personas éramos para hacer ese trabajo”, dice Pilar. Los guardias se debieron de quedar tranquilos al comprobar que su padre era militar. Se presuponía un orden.

Una de las condiciones para acceder al trabajo de taquillera era que las mujeres estuvieran solteras. La medida se mantuvo hasta 1984, tras la sentencia del Tribunal Constitucional que obligó a readmitir a las empleadas en excedencia forzada. Muchas ocultaban su matrimonio e incluso a sus hijos, a quienes a veces se referían en público como sobrinos. Cuando en 1930 una mujer fue despedida tras casarse y presentó una queja a la dirección, ésta la desestimó. “La rigidez del servicio”, se justificaba, “exige por su naturaleza una constancia y puntualidad perfectas, incompatibles con los cuidados de un hogar”. En el escrito, la compañía, además, expendía una razón moral: apartando a las mujeres casadas, evitaban las relaciones ilícitas.

Durante muchos años, las taquilleras trabajaron en pequeños habitáculos que calentaban con un hornillo eléctrico, bebían agua de un botijo y se sentaban en unas incómodas banquetas estáticas de madera. Aun así, Pilar recuerda los cuarenta y cuatro años que pasó en la empresa como una etapa agradable. “Aunque claro que no me gustaba cuando los viajeros me decían barbaridades”, subraya.

Metro de Madrid fue una de las primeras empresas españolas que empleó a mujeres, algo que sorprendió en la España de 1919 / Foto: Diego Cobo

Décadas de negación de derechos a las mujeres en la empresa, expulsando a quienes se casaban, han labrado un estereotipo de las empleadas que los viajeros amplificaron hasta convertir en estigma. “Las mujeres entrábamos de revisoras antes que taquilleras, y cuando yo le dije a una amiga que iba a entrar, me dijo que eran todas unas putas. Textual, ¿eh?”, se sigue sorprendiendo María Luisa Rubio, de 63 años.

Al acceder a la empresa, el 4 de junio de 1979, a María Luisa le asombró el trato a las mujeres, no solo por parte de los hombres, si no de las antiguas empleadas, quienes la llamaban ‘niña’ y ‘princesa’. A cambio de ese paternalismo, sostiene, entre los empleados siempre hubo una solidaridad inusual, algo que también definió a las taquilleras, un gremio esencialmente femenino, aunque con alguna excepción.

Si durante la guerra las mujeres tuvieron que cubrir puestos de trabajo que desempañaban los hombres debido al hueco de esos puestos –ellos estaban en el frente–, tras la contienda se abrieron las puertas del empleo a mutilados de guerra, que tomaban el relevo en las taquillas cuando caía la noche.

Es esa actitud, gestada en décadas de un trato desigual, ha marcado el carácter de un sector que mantiene a las taquilleras con una baja participación sindical. María Luisa aún recuerda con tristeza una reunión entre empleadas a la que, representando a una trabajadora, acudió su marido. “Esa era la mentalidad”.

Las mujeres sólo podían trabajar en Metro mientras estaba solteras; una vez casadas tenían que abandonar su puesto de trabajo / Foto: Diego Cobo

La empresa hoy cuenta con planes de conciliación, existe una comisión de igualdad y un plan de prevención y actuación frente al acoso, además de una equiparación de salarios. Lejos quedan los años treinta, cuando una taquillera cobraba ocho pesetas diarias y una inspectora diez, pero un inspector hombre cobraba dieciocho pesetas diarias, casi el doble. A la empresa le costó años adaptarse.

Es verdad que nos exigían más que a los chicos. Si podían nutrirse de hombres, los hombres seguían siendo los privilegiados. Si entrábamos las mujeres era porque no les quedaba más remedio”, dice Esther Bernárdez, que empezó a trabajar en la empresa en 1979.

Por entonces, la plantilla estaba envejecida y las cientos de personas que accedieron de golpe rejuvenecieron –y modernizaron– el metro, que empezaba a verse envuelto en una oleada de atracos. Las taquilleras hicieron una huelga de 24 horas y la dirección decidió, después de muchos conflictos, tomarse en serio la protesta y surtir las taquillas de medidas de protección. Eran los llamados PTV, una especie de acompañante varón que no llevaba armas pero que imponía respeto: el hombre cuidaba de la mujer.

El nuevo convenio, firmado en 1983, trajo mejoras. Los descansos en las taquillas se ampliaron a media hora y las empleadas podían salir a la calle para airearse; las taquillas blindadas, implantadas por aquellas fechas, dieron más tranquilidad a las trabajadoras y la modernización se fue abriendo paso hasta una importante reestructuración a principios de los noventa.

Las taquillas fueron ampliadas y se les atribuyeron nuevas tareas; la tecnología tomó una mayor presencia. Desde las cabinas, por ejemplo, se controlaba la ventilación y las escaleras mecánicas. “Y ahí fue cuando el viajero empezó a respetarnos un poco, como que la tecnología les parecía más importante que dar el cambio de los billetes”, explica María Luisa.

Esther Bernárdez y María José Arrabal, antiguas trabajadoras del metro madrileño / Foto: Diego Cobo

A la empresa –“que no daba un duro por las taquilleras”– se le rompieron los viejos patrones y comprobaron cómo, además de seguir vendiendo billetes con eficacia, las taquilleras atendían al público, y controlaban el aire, y las escaleras, y cuadraban perfectamente los libros de cuentas.

En los últimos años, este viejo oficio se ha ido apagando hasta que las taquillas se extinguieron en 2017. Y, con ellas, también lo hizo casi un siglo de trabajo en un contexto a ratos hostil. “Es que no era fácil”, afirma Pilar López, 54 años, que sigue trabajando en la céntrica estación de Tirso de Molina. “La percepción que yo tenía era la de mujeres solteras. Yo recuerdo relevarlas e ir su casa a ver a sus madres, a las que cuidaban”, comenta Pilar, que entró a trabajar en 1983 y a quienes las recuerda con nostalgia. “Era gente que había sufrido porque las condiciones no eran buenas y terminaban amargándose”, dice con pesadumbre. “Eran las solteras de antaño. Era gente más triste. Eran maravillosas”.

El Metro de Madrid cuenta hoy con 302 estaciones, planes de igualdad y más de siete mil empleados. Y aunque el informe anual de gestión de 2017 refleje estos avances, además de la mayoritaria presencia de mujeres en puestos de dirección de la empresa, aún representan solamente el 26 por ciento del total de la plantilla.