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La odisea de pagar durante 11 años la hipoteca de una casa sin poder habitarla

Un joven gaditano lleva once años pagando una hipoteca sin poder residir en una vivienda reformada, aunque con problemas de construcción, con fondos públicos. “Solo pido que me devuelvan el dinero, porque yo no quiero vivir aquí”, explica el perjudicado.

El joven gaditano David Caravaca mostrando el puntal que sostenía el techo de su cuarto de baño. Foto Fernando Ruso


“Yo ya no quiero vivir aquí”. A David González Caravaca se le cambia el ánimo cuando abre las puertas de su casa. Hace once años que es suya, once años que lleva religiosamente pagando la hipoteca y once años desde que mantiene un litigio con la Junta de Andalucía, organismo que se encargó de rehabilitar el inmueble, a todas luces inhabitable por graves problemas constructivos. “Solo pido que me devuelvan el dinero”, reclama el afectado.

David, que ahora tiene 36 años, nació en Cádiz y se crió en el número 14 de la calle Obispo Félix Soto, un antiguo patio de vecinos que tenía más de familia que de comunidad de propietarios. Allí vivían —y viven— sus padres y allí surgió una oportunidad para seguir viviendo, aunque ya como dueño de uno de los pisos que se beneficiarían del programa de Transformación de Infravivienda promovido por la Junta de Andalucía. “Tuve suerte y la casa, que se sorteó entre todos los familiares de los inquilinos, me tocó a mí”, recuerda.

“Imagínate la alegría de mis padres, al saber que su hijo viviría en el mismo bloque”, explica David. Pero todo se torció pronto.


La finca luce en su fachada una placa del programa de Transformación de Infravivienda promovido por la Junta de Andalucía. Foto Fernando Ruso


Arreglaron los papeles en el banco y con la Junta de Andalucía, que sumaría para reformar el inmueble 945.034 euros a los 427.139 euros aportados por los vecinos. “Para mí fue una locura, tenía 23 años y tenía que pedir una hipoteca”, apostilla con el tono de ilusión de esos primeros días David.

“Pero pasamos dos años pagando y no vimos aparecer por allí a ningún albañil”, advierte el gaditano. Los retrasos en las obras se dilataron a más de seis años. “Que si los pintores, que si los electricistas…”, sigue explicando David. Hasta que llegó el día de la entrega de llaves.

“Justo un día antes me enteré por la comunidad de propietarios que mi piso tenía unos problemillas, que dijeron que eran pequeñas humedades y que se solucionarían en una semana”, detalla el joven. “Pero yo vi la casa y le dije a los vecinos y a la Junta de Andalucía que yo no quería esa vivienda —relata David—; había manchas en el suelo y humedades enormes que ya estaban atacando hasta a los enchufes”.

Con la renuncia, la Junta le ofreció al joven una vivienda temporal en sustitución de la suya. “Era solo hasta que arreglaran la mía”, narra David. Y allí estuvo cuatro meses. Cada vez que visitaba a sus padres, veía como todos los vecinos habitaban sus pisos y que la suya era la única puerta cerrada.

Tapando un problema

En otra de sus visitas, y alertado por varios vecinos que habían visto movimiento en la casa con problemas, David pudo comprobar cómo los arreglos prometidos por la Junta de Andalucía se limitaban a una mano de pintura. Algo a todas luces insuficiente dado el calado de los problemas del piso.


Tuberías sin conectar y ocultas sobre el techo de la cocina a la entrega de llaves. Foto Fernando Ruso


“Allí no se estaba arreglando un problema, allí se estaba tapando un problema”, confirma David. “Toqué las humedades y me traje la pintura en la mano”, insiste. Y en ese momento, año 2012, empezaron los litigios en los juzgados.

Su abogado le recomendó que aceptase las llaves y que, una vez dentro, si detectaba algún problema, interpondrían la correspondiente reclamación administrativa. Pero los problemas llegaron mucho antes de lo que jamás hubiesen pensando.

David no olvidará la primera noche que pasó en su piso. También sería la primera vez que compartiría cama bajo ese techo con su novia. Echaron un colchón al suelo con la promesa de que al día siguiente empezarían a montar los muebles que habían comprado la tarde antes. Todo estaba listo para hacer de ese piso un hogar, algo habitable.

“Pero al levantar me encontré que en todo el suelo de la casa había tres dedos de agua”, recuerda David. “Se inundó”, apostilla.

“Una auténtica chapuza”

Por aquel entonces David trabajaba como albañil. Tenía conocimientos básicos de construcción, sabía que algo no cuadraba con la tesis de la Junta de Andalucía, que defendía que el hogar no tenía problema alguno. Otros contactos de su oficio le pusieron en antecedentes de lo ocurrido durante las obras: los materiales no se correspondían con los acabados del pliego de condiciones firmado y varios problemas laborales con la cuadrilla se tradujo en, según la tesis del gaditano, “una auténtica chapuza”.


David Caravaca mostrando una de las arquetas que se encuentran repartidas por el piso. Foto Fernando Ruso


Tuvieron que devolver los muebles y recoger el agua. “No era sucia, y tampoco daba olores”, describe.

Harto, David se personó en las oficias de la Junta de Andalucía encargadas del programa de Transformación de Infravivienda con el firme propósito de entregar las llaves y desentenderse del inmueble. “Pagaba 550 euros de hipoteca con un sueldo de mil euros y tenía un piso inhabitable”, argumenta el joven. Allí le informaron de que ya no podía hacer efectiva la renuncia al piso.

Desde entonces, y ya han pasado siete años, el piso está cerrado, la hipoteca ya está pagada y David vive de alquiler en otra casa de Cádiz. “Ha sido todo, y es, una gran pesadilla —afirma David—; he perdido tiempo, dinero y, sobre todo, arrastro una gran desilusión, porque ha jugado con los sentimientos de una familia”.

En invierno, las inundaciones son frecuentes en el piso rehabilitado con fondos públicos. Es su madre la que se encarga de vaciar de agua el piso y abrir las ventanas para que la casa se seque. Ni con esas. La humedad es insoportable. “Y no solo la humedad, porque el agua que se filtra también tiene mierdas de los bajantes de los vecinos”, explica David.

“Mi madre lo está pasando muy mal, ha llorado mucho”, lamenta el joven, que en sus planes debía estar viviendo junto a sus padres. “Hemos pagado y no tenemos casa”, critica David.


La madre de David es vecina del bloque y se ocupa de vaciar el agua del piso cuando se inunda. Foto Fernando Ruso


El joven narra una retahíla de desperfectos que ha ido descubriendo con los años y gracias al peritaje de un experto. “Hemos visto que el 80 por ciento de mis problemas de aguas me vienen por los bajantes, que van a unas arquetas que están en mi suelo”, apunta. “Aquí hay un problema grave: negligencia, vicios ocultos…”, le dijeron.

“Quiero quitarme esta papeleta de encima”

Cuál no sería su sorpresa cuando en una de esas catas comprobó cómo todo el falso techo de su piso estaba soportado en puntales de obra provisionales, aunque definitivos en su caso, escondidos tras falsos muros de escayola. Además, en su salón hay hasta cuatro arquetas llenas de hormigón y grava que no cumplen la normativa.

“Yo solo quiero quitarme esta papeleta de encima”, asegura David, que en estos once años ha rehecho su vida lejos del piso que debía ser su hogar. “Mi ilusión ya no es quedármelo —advierte el gaditano—; porque son once años de peleas con la Junta, once años de pagar la hipoteca… y la Junta, que es la responsable de la rehabilitación que se hizo al inmueble, se esconde”.

En varias ocasiones, el abogado ha llamado a la puerta de la Administración para negociar una salida al litigio. “Pero la Junta solo nos ha dado con la puerta en la cara”, critica el joven. Hace unos meses, ambas partes se sentaron para impedir que la denuncia interpuesta siguiese su curso judicial, y David recibió una oferta. “2.500 euros y las costas del abogado”, revela. “¡Algo ridículo!”, valora. “Es como si te dan un paraguas en las cataratas del Niágara”, compara el joven, que pide que le devuelvan el importe de lo que le costó su casa.

“Ni siquiera me ofrecen el importe del alquiler o una indemnización”, lamenta el gaditano, que seguirá adelante con su denuncia. Eso sí, sin poder habitar la casa que la Junta le rehabilitó.

“Yo ya no quiero esa casa”, insiste. “Ya han sido once años de espera, y pueden ser otros veinte o treinta años más —zanja David—; o quién sabe, puede que esto no acabe nunca”.

El inmueble se ubica en la planta baja del número 14 de la calle Obispo Félix Soto, en Cádiz. Foto Fernando Ruso


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