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Ingrid Betancourt: “A mi me secuestró la guerrilla, pero a los colombianos nos tiene secuestrados la corrupción”

·9 min de lectura
Ingrid Betancourt
Ingrid Betancourt

“Según el día, hay momentos en que puedo hablar tranquilamente del tema, y otros que es muy doloroso (…). Pero sigo sin entender cómo los guerrilleros de las FARC pudieron encadenar a un ser humano a un árbol durante diez años con la idea de que eso es ideológicamente válido”, dijo a LA NACION la flamante candidata presidencial colombiana Ingrid Betancourt, que se acaba de postular esta semana para las elecciones del 29 de mayo.

En febrero de 2002, cuando tenía 40 años y era madre de dos adolescentes de 13 y 16 años, la también entonces aspirante presidencial se hallaba en una gira de campaña por la selva colombiana cuando fue capturada por las FARC. La guerrilla la mantuvo en la selva durante seis años en condiciones inhumanas, muchas veces encadenada a árboles, y allí conoció a otros prisioneros que estuvieron hasta diez años en poder de las FARC. Fue rescatada en un operativo ejemplar en 2008, en el que no hubo ningún muerto. Ocho años más tarde apoyó el acuerdo de paz con la guerrilla, pero no fue a la firma del tratado. “No estaba en condiciones emocionales de asistir”, explicó.

En su diálogo con LA NACION vía zoom desde Bogotá, Betancourt, líder del Partido Verde Oxígeno, puso dos ejes para su eventual gestión de gobierno, la cuestión ecológica: “Queremos ser el primer país verde de América Latina”, y la lucha contra la corrupción: “En el diario vivir, todos los colombianos estamos secuestrados por este sistema de corrupción (…). Tenemos que liberar a la sociedad del ‘secuestro’ de la corrupción”, señaló.

Como líder de centro, muy respetada en el ámbito político colombiano, su postulación sacudió el panorama frente a las elecciones de mayo, donde hasta ahora las encuestas mostraban un liderazgo claro del candidato de la izquierda Gustavo Petro.

-Por su ciudadanía francesa estos años estuvo residiendo entre París y Estados Unidos, donde viven sus hijos, ¿Qué es lo que la llevó a regresar y volver postularse a la presidencia como hace dos décadas?

-He tenido que afrontar tantas dificultades y obstáculos personales y familiares para volver, que la decisión de regresar es una declaración de amor a mi país. Es un cambio abrupto en mi vida y la única explicación de eso es amor.

-¿En qué cambió Colombia de 2002 a la actual?

-El proceso de paz y la pandemia modificaron la manera en que los colombianos se ven a sí mismos. Teníamos un país que se había acostumbrado a convivir con un sistema de corrupción. Pero con la pandemia una gran parte de la población de clase media, diría unos dos millones de colombianos, cayeron en la pobreza. Esto despertó un cuestionamiento al manejo del Estado y terminó de destapar la relación entre corrupción y pobreza. Y por primera vez en estos 40 años que llevo de actividad política veo que los colombianos sienten la necesidad profunda de acabar con el sistema de corrupción. La juventud ha sido un gran motor en esta toma de conciencia, porque no quiere acomodarse y aceptar su suerte. Eso es para mi lo que se transformó en Colombia. Hay una sed de cambio que no había antes.

-¿Y qué se modificó en usted en estos veinte años?

-¿Qué cambió en mi?... (piensa). El secuestro fue una transformación muy violenta. Fue el tránsito de ser una persona líder, con una voz, a ser una no-persona, una mercancía, y eso duró seis años. Cuando salgo de la selva, tengo una conciencia diferente de lo que es el drama humano. Pero también tomé conciencia de la capacidad que tenemos de transformar una sociedad que vive ese drama y, por ejemplo, liberar a la sociedad del secuestro de la corrupción. Lo que a mi me pasó en la selva, que fue un secuestro, lo veo en el diario vivir de todos los colombianos secuestrados contra su voluntad por este sistema de corrupción, que no les da trabajo o los esclaviza con jornadas de trabajo interminables. Como mis hijos crecieron sin su mamá porque me tenían secuestrada, esos chicos crecen sin su padres que trabajan de manera informal 12 o 18 horas diarias. También está la imposibilidad de crear un patrimonio porque todo te lo sacan o te lo roban, como me ocurrió mientras estuve secuestrada. Se necesita una gran pedagogía para cambiar la cultura del país, pero creo que este es el momento para eso.

-La corrupción es un mal endémico de muchos países, y en especial en América Latina ¿de qué manera luchar contra ella?

-Nos va a tocar ser creativos. Yo creo que tenemos que buscar las fortalezas dentro de nuestra propia cultura, apelar a valores tan nuestros como la solidaridad, algo que se fue perdiendo porque la corrupción nos aísla y nos vuelve desconfiados del otro. Además, es necesario empoderar a las mujeres porque el machismo es parte del sistema de corrupción. Y también hay que transformar la manera en que vemos el derecho de participar en la prosperidad de la nación. En Colombia, los que quedan excluidos de este derecho, encuentran en el narcotráfico una fuente de enriquecimiento.

-Son muchos desafíos juntos. ¿Cómo se avanza contra el narcotráfico, la corrupción, y el cambio climático?

-Estoy pensando en proponerle a la región, incluida la Argentina, un acuerdo con los Estados Unidos, que yo quisiera llamar Alianza para el Progreso, haciendo memoria de la propuesta de John Kennedy, en la que podamos entrar a responder tres temas que pueden solucionarse paralelamente porque tienen vasos comunicantes: narcotráfico, migración y cambio climático. Son tres cuestiones sobre las que es necesaria una política regional. Lo primero es despenalizar regionalmente la droga, con lo que acabaríamos con todo lo que está financiando el terrorismo en la región, la violencia, las maras, los flujos de todo tipo de comercios ilícitos, trata de blancas, y comercio ilegal de armas. Todo eso pasa por el narcotráfico. Si nosotros cortamos esa fuente de ingreso ilegal, inmediatamente se disminuye la presión sobre el tema. Y los recursos que estamos utilizando para atacar el narcotráfico los podemos invertir en estabilizar a las poblaciones propensas a la migración, que son víctimas de la violencia del narcotráfico, las mafias y la pobreza, y pronto también habrá migración por el cambio climático. Para evitar ese desastre, nos tenemos que preparar, y me parece que hay que hacer el trípode entre narcotráfico, migración y cambio climático.

-A cinco años del Acuerdo de Paz con la guerrilla ¿qué le critica a las FARC?

-Yo creo que ellos siguen teniendo una deuda económica y una deuda moral. La deuda moral es que han tenido dificultades en explicar su deshumanización. Necesitamos entender cómo un colombiano puede tomar la decisión de encadenar a un ser humano a un árbol durante diez años con la idea de que eso es ideológicamente válido. ¿Cómo es que a un ser humano su ideología puede validarle volverse un monstruo? Violar niñas, obligarlas a abortar, meter niños en la guerra, torturar a seres humanos. ¿Qué pasa en el cerebro de una persona que hace que piense que tiene derecho a justificar sus crímenes por una ideología? Es muy importante que estos miembros del secretariado de las FARC hagan ese análisis, muy profundo, muy espiritual, muy de las emociones y de la psicología, porque Colombia necesita darse los instrumentos para que esto no vuelva a suceder.

-¿Cómo evalúa la gestión del presidente Iván Duque?

-Yo diría que es mediocre tendiente a mala. Pero peor que su gestión económica es la desfachatez con la cual ha asumido las conductas corruptas. Cada 15 días ha habido un escándalo de corrupción, y la respuesta del gobierno siempre es: “No lo vi”, “Eso fue a mis espaldas”, “No tengo la culpa”. Pero igual no se hace nada. No hay ninguna acción de la justicia.

-Hace más de una década que Colombia y Venezuela rompieron relaciones diplomáticas, ¿qué piensa hacer respecto de esa cuestión?

-Es un gran problema el que tenemos con Venezuela, y no porque sea un régimen político diferente del nuestro. Cada cual con su historia. Lo que es un problema para nosotros es que el gobierno venezolano haya amparado a la delincuencia común colombiana y a la guerrilla para mantenerla en su territorio, garantizándoles seguridad, para que luego vengan a Colombia y atenten contra el orden público, especialmente en las poblaciones fronterizas. Entonces, lo que estoy planteando es que nosotros no podemos regularizar las relaciones con Venezuela hasta que ellos capturen y extraditen a Colombia a los cabecillas de esos delincuentes.

-¿Cómo considera al régimen de Nicolás Maduro?

-El gobierno de Maduro para mí es una dictadura y tiene muchas contradicciones en su interior. Los venezolanos están viviendo un poquito mejor que hace dos años pero no porque Maduro haya hecho algo diferente, sino porque la gente decidió dejar de negociar en bolívares para comerciar en dólares. Es el colmo de la contradicción ideológica: un país que quiere acabar con el capitalismo y ahora para sobrevivir necesitan lo más capitalista que hay, que son los dólares

-¿Y cree que también es un dictador a Daniel Ortega en Nicaragua?

-Por lo menos es un gobierno de una corrupción infinita. No sé si lo podemos calificar de dictadura, pero hay elementos de corrupción que hacen que la democracia esté en jaque. Poner en la cárcel a todos sus oponentes es convertir a Nicaragua en Rusia. ¿Rusia es una democracia?... No sé… Son esos países que están en una zona gris y que entendieron que con una fachada de democracia pueden mantenerse en el concierto de naciones sin que los molesten mucho.

-¿Cómo ve la situación de la Argentina?

-La Argentina está confrontando los demonios del pasado y busca cómo logra salir de ese círculo de tener que escoger siempre el mal menor. Cuando los argentinos van a las urnas, uno quisiera que pudieran elegir al mejor candidato, y terminan votando no a favor sino en contra de algo. Pero tengo una gran complicidad con el modo de ser de los argentinos. Mi yerno y toda su familia son de allá. Lo veo como un pueblo que tiene un sentido del humor decadente que me encanta. Me fascina su alma de tango, esa exageración de los dramas para poder poner de relieve algo que está en el medio. Creo que los argentinos, de alguna manera, han hecho las paces con su identidad al punto que pueden hacer bromas y reírse de sí mismos. Y eso es muy bueno y muy sano.

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