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Comprar por Internet, una práctica insostenible pero cada vez más arraigada

Jaime Quirós
·4 min de lectura

El e-commerce, si ya era un negocio rentable antes de la pandemia, ha cobrado más fuerza que nunca durante el confinamiento. Según revela el estudio El estado del e-commerce y el retail. Un crecimiento en evolución ante la incertidumbre del COVID-19 de EAE Business School, un 30% de los consumidores comprará más por Internet a raíz de la crisis de la Covid-19. Durante los meses de aislamiento, hacer la compra semanal o adquirir productos sanitarios (como mascarillas o gel hidroalcohólico) a través de Internet se convirtió en la mejor opción para mantener las estanterías de casa llenas sin pisar la calle.

Además de alimentos y otros productos de primera necesidad, los usuarios también han adquirido ropa, calzado, libros o material deportivo, al no poder ir a mirar escaparates o hacer deporte en el gimnasio. Así, muchas personas han descubierto una forma de comprar que no requiere moverse del domicilio, pudiendo no volver a la manera “tradicional” incluso cuando el virus remita.

muchas personas han descubierto una forma de comprar que no requiere moverse fuera del domicilio, pudiendo no volver a la manera “tradicional” hasta que el virus remita.Getty Creative.
Muchas personas han descubierto una forma de comprar que no requiere moverse fuera del domicilio, pudiendo no volver a la manera “tradicional” hasta que el virus remita. Foto: Getty.

Y es que comprar por Internet es rápido y sencillo: podemos acceder a todo tipo de productos provenientes de cualquier parte del mundo desde la comodidad del sofá de nuestra casa y adquirirlos con un solo ‘click’. En pocos días, o incluso horas, el pedido se nos entrega en mano en nuestra puerta. Aunque la experiencia de ir de tiendas se pierde, lo cierto es que las compras online permiten ahorrar mucho tiempo (y dinero) en desplazamientos.

La cara B del comercio online

Aunque el e-commerce haya ayudado a muchas tiendas a mantener cierto nivel de ventas durante el confinamiento, además de ayudar a reducir el riesgo de contagio, lo cierto es que hay muchos factores que hacen que sea ‘insostenible’.

Cuando compramos a través de Internet, recibimos paquetes individuales. Ante la imposibilidad de agrupar pedidos de diferentes tiendas, el transportista debe realizar más de un viaje, moviendo toda una operativa logística y de gestión innecesaria que no juega a favor del medio ambiente. La urgencia y la necesidad de una entrega rápida también aumenta el número de vehículos de distribución, así como la posibilidad de devolución.

Si compramos online, solo podemos conocer el artículo en cuestión a través de imágenes, que pueden corresponderse más o menos con la realidad. En el caso de las prendas de ropa o el calzado, tampoco cabe la posibilidad de probárnoslos antes, corriendo el riesgo de que la talla que hemos adquirido no se corresponda con la nuestra. Así, las probabilidades de devolución son mucho mayores que comprando en una tienda “tradicional”, generando también un mayor nivel de contaminación.

No solo eso: el comercio online necesita más embalaje, sobre todo, si se trata de artículos delicados. Al no existir la posibilidad de agrupar pedidos, cada uno viene envuelto por separado; muchas veces, empleando cantidades de plástico y cartón innecesarias. De hecho, según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, los envases generados por el e-commerce ya representan el 30% del total de los desechos sólidos.

Es cierto que acabar con el consumo por Internet es imposible en el siglo XXI, pero sí se puede reducir su impacto. Nosotros mismos podemos empezar apostando por el comercio de proximidad, marcando la opción de “entrega en una oficina de correos”, en lugar de en nuestra propia casa o comprando solo lo indispensable. También se puede exigir a las empresas minimizar el empaquetado o usar materiales reciclabes.

Por la parte que corresponde a los gobiernos, se podría barajar la creación de una “tasa CO2”, con un etiquetado para minimizar el impacto ambiental, además de reforzar los sistemas de transporte público. También cabría poner el foco en los impuestos, para garantizar que el e-commerce actual juegue con las mismas reglas que el comercio local. Sin ir más lejos, ciudades como Barcelona ya están estudiando Barcelona una 'tasa Amazon' para gravar a gravar a grandes empresas de comercio electrónico por el uso del espacio público y el tráfico y contaminación que generan.

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