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Balenciaga y su tendencia a la polémica va más allá de sus nuevas zapatillas zarrapastrosas

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Muchos de los lanzamientos de Balenciaga van acompañados de polémica y críticas. (Foto: Getty Images)
Muchos de los lanzamientos de Balenciaga van acompañados de polémica y críticas. (Foto: Getty Images)

Balenciaga acaba de lanzar unas zapatillas sucias, rotas, con apariencia de viejas… En definitiva, zarrapastrosas. Se llaman sneakers Paris y se venden por entre 495 y 1.500 euros. Como era de esperar, la polémica ha acompañado su lanzamiento por el hecho de pedir o estar dispuesto a pagar esa cantidad por un calzado con apariencia de roto. Pero lo cierto es que la marca está abonada a la polémica y tiene querencia por lanzar productos con aspecto de viejos. En los últimos meses ha sido protagonista en varias ocasiones por la misma razón.

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El modelo que más revuelo ha generado tanto en redes sociales como en los medios de comunicación que se han hecho eco del mismo es el más extremo de todos, ese en el que la firma liderada por Demna Gvasalia propone un diseño que luce peor que algunos pares de zapatos tirados a la basura y que es parte de la campaña. Hay otros en los que ‘solo’ se aprecia aspecto de desgastado o suciedad. En su web juegan a mostrar la zapatilla en cuestión nueva y cómo se produce su degradación. Hay distintos colores, niveles de desgaste y precio y son los que están disponibles para su venta online.

La polémica, sin embargo, es la de siempre, la de vender como artículo de lujo y exclusivo con precios ad hoc un producto que en circunstancias normales iría al contenedor de reciclado. Como lo llaman en El Mundo, glamourización de la pobreza. Hace solo unos meses, en septiembre, la crítica era la misma cuando la marca fundada en 1917 por el diseñador Cristóbal Balenciaga en San Sebastián ponía a la venta su jersey Destroyed. Básicamente era un jersey lleno de agujeros. ¿El precio? Entre 1.150 y 1.190 euros dependiendo del modelo, ya que se ofrecían tres estampados diferentes. El precio alto, además de por la marca, se justificaba por el hecho de ser ‘made in Italy’ y de lana virgen.

Esa idea de poner a la venta artículos caros con apariencia de baratos no es exclusiva de la casa propiedad actualmente del grupo Kering, pero sí que tiene más ejemplos. Ese mismo mes de septiembre también sacó a la venta un bolso de compras con un estampado de cuadros que recordó mucho a sus críticos a las típicas bolsas que se pueden comprar en un bazar cualquiera para hacer el cambio de temporada en el armario. Una bolsa que se puede adquirir por menos de 10 euros y que Balenciaga vendía por 1.250 euros. La diferencia no estaba en la apariencia, sino en el material. En lugar de plástico, la suya es de piel de becerro.

Otra polémica reciente es la que se generó con la salida de un abrigo reversible que muchos compararon con los que suelen llevar trabajadores municipales como los barrenderos o los que puede dar Correos a sus carteros. Costaba 2.990 euros y también recibió críticas. Siempre es la misma, el precio y el diseño. La apariencia de ser algo barato, pobre o viejo a precios muy alejados del sueldo medio.

Otras veces la crítica viene por otro lado, como cuando en junio se aliaron con Crocs para vender un modelo de calzado que consistía, simplificando, en el clásico zueco de goma para la piscina, pero con tacón de aguja por 495 euros. Las críticas recibidas en diciembre y recogidas por El Economista fueron un poco más allá y se adentraron en el terreno de la apropiación cultural a cuenta de unos pantalones de chándal con un bóxer cosido por 1.200 euros. Pretendían imitar el estilo sagging, popularizado por el Hip-Hop y la comunidad negra en los noventa, como apuntaba el mencionado medio, y el hecho de que Balenciaga lo usase no gustó.

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