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Porto’s, el milagro de los pasteles cubanos

Foto de Pablo Scarpellini.

Porto’s, el milagro de los pasteles cubanos que arrasan en Los Angeles

Pablo Scarpellini. Los Angeles

Hay negocios que crean un efecto extraño en el público, que atraen casi de inmediato. Porto’s, una cadena de pastelerías cubanas repartidas por Los Angeles, es una de esas raras excepciones, un emporio en ciernes que produce millones de dólares y que aún así todavía conserva la cadencia de un pequeño negocio familiar. A principios de los 70 abrieron el primer local en Glendale y hoy ya tienen cuatro establecimientos, con cerca de mil empleados y entre 9.000 y 15.000 clientes por local en un sábado normal.

La empresa la arrancaron los padres, los enésimos inmigrantes cubanos en busca de un sueño, y hoy lo manejan sus hijos, Margarita, Beatriz (Betty) y Raúl, una pastelería con un menú cubano a base de sandwiches, panes de todo tipo, cafés, platos calientes como ropa vieja o lechón asado y pasteles para bautizos, bodas, comuniones o lo que sea menester. Todo hecho con la premisa de mantener la calidad y un precio que es difícil de rebatir. Dicen los adeptos a la marca que 20 dólares rinden más en Porto’s que en cualquier otro sitio de Los Angeles.

Comienzos humildes

La magia comenzó en Cuba de la mano de Rosa Portos, que vendía pasteles desde su casa —de forma ilegal por la prohibición del régimen— con los ingredientes que le traían los clientes en la isla, una forma de mantener a su familia que después pudo continuar en Los Angeles tras su salia de Cuba en 1971.

Tal fue el éxito, que tenían que poner los pasteles sobre las camas. “Literalmente no había espacio para poner todo lo que cocinaba mi madre”, explica Beatriz, la encargada de las relaciones públicas del negocio —entre otros aspectos— y una mujer que, pese al éxito de la marca, nunca falla cada mañana para controlar el buen funcionamiento de la operación. “Al principio trabajábamos 7 días a la semana y entre 12 y 15 horas al días. Todo esto no te cae del cielo”, explica.

Sus comienzos fueron muy modestos, de su domicilio particular a un local de 28 metros cuadrados para atender la creciente demanda. “Los primeros clientes eran cubanos, pero luego le dijeron a los americanos y así empezó a llegar más gente. Nunca pusimos nada en un periódico porque no teníamos dinero, pero el boca a a boca nos hizo lo que somos”, explica Beatriz. “Además, mi madre era una perfeccionista y la calidad que ella te daba no te la daba ninguna pastelería”, apuntilla.

Con el tiempo se mudaron a un local más amplio, el más conocido, el de Glendale, al que le añadieron una extensión —el local de al lado— según seguían llegando los clientes. Después se abrió la pastelería de Burbank y unos años más tarde la de Downey, esta vez a lo grande, con una manzana completa para un edificio nuevo y moderno y la cuadra trasera para un párking. “Decidimos abrir una localidad tan lejana a Glendale para poder cubrir la demanda que nos llegaba del sur de la ciudad. Supimos por los códigos postales de las tarjetas de crédito que mucha gente llegaba de esa zona”, explica Porto. “Llegamos allí por la gente, por el 20 por ciento que durante años manejaron 35 millas para comprar nuestros pasteles en Glendale”.

La última apertura

Parecía que se calmaba la gallina de los huevos de oro cuando se inauguró el local más grande y lujoso. El nuevo está en Orange County, en la ciudad de Buena Park. ¿El motivo? El mismo, la demanda. “Sabíamos que había gente que estaba cansada de conducir desde Orange County hasta Downey y por eso elegimos Buena Park”, explica Betty.

Y el fenómeno se replicó de inmediato. La caja registradora comenzó a sonar al calor de las inmensas colas que se formaron a las afueras de la pastelería para ser los primeros en comprar. “El concepto en sí no tiene límite, pero lo que lo hace único es la atención personalizada, y va a llegar un momento en que a la familia Porto no le va a alcanzar”, explicó entre risas el actor Andy García, presente en cada inauguración como gran amigo de la familia. “Yo los conocí en 1978, en su primer local. No solo dan una calidad estupenda de comida, sino que la atención y los precios que dan son difíciles de superar”.

Además, habló de la conexión cultural entre su familia y los Porto. “Para mí es un gran orgullo estar aquí porque la familia Porto representa mi cultura como exiliados. Mis padres llegaron más o menos al mismo tiempo, con una mano delante y otra detrás, pero buscando libertad y la oportunidad que te da este país. Y mira lo que se puede lograr trabajando al cabo de los años”.

Si todo sale bien, el próximo en ver la luz será el de West Covina y el sexto el del Valle de San Fernando, una forma metódica, honesta y correcta de hacer las cosas que no ha parado de dar frutos desde el primer día.

@pscarpe