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El uso del autoconsumo eléctrico cobra fuerza, pero aún mantiene déficits de inversión verde

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El consumo de energías renovables se ha acelerado, aunque no lo suficiente como para sustituir a los combustibles fósiles. Este es el diagnóstico que deja la IEA en su último diagnóstico anual. Ya en 2020, la capacidad renovable creció un 45%, al añadir 280 GW a la oferta global, más que el poder energético total de Alemania. En medio de una espectacular huella -histórica- que deja la evolución de la demanda en los dos ejercicios de Gran Pandemia. Porque, por un lado, y según datos también de la IEA, este indicador ha pasado de caer un 4% en 2020, año de confinamientos sociales y parón de la actividad por el Covid-19, a aumentar en un 4,6% en la segunda parte del bienio. Un salto vertiginoso que siguió al mayor descenso desde la Segunda Guerra Mundial y que ha hecho saltar todas las alarmas energéticas, desde el comienzo del pasado otoño, por el súbito encarecimiento del gas, fruto de varios factores geopolíticos -la regulación del grifo ruso a Europa- estructurales -alta dependencia de los mercados del centro y norte de la UE- y logística porque a los cuellos de botella del transporte y el comercio global se une los ínfimos niveles del stock de inventarios en el Viejo Continente.

Con el recibo de la luz -y de los carburantes, porque la fiebre gasística ha acabado contagiando al petróleo, cuyo barril evoluciona ya cómodamente por encima de los tres dígitos- por las nubes y la guerra en Ucrania prolongando una espiral inflacionistas que, hasta el inicio de la contienda bélica, era concebida por los bancos centrales -en especial, el BCE- como más bien temporal, los tipos de interés muestran una tendencia alcista que invita a pensar en el autoconsumo eléctrico como una fórmula más idónea para capear la excesiva factura de hogares y empresas.

La alternativa del autoconsumo, además, cobra mayor predicamento si se otorga credibilidad a la opinión de analistas como Jeff Currie, de Goldman Sachs, para quien el ciclo de negocios post-Covid presencia, desde sus primeros estadios, una auténtica “revancha” de lo que llama la Vieja Economía, vinculada a los carburantes contaminantes, que tiene por objeto frenar los avances hacia la neutralidad energética. A juicio de Currie, la escalada de la luz y la espiral alcista de los IPC’s “surgen por los clásicos problemas de la producción fósil” que llevó a varios países -como China y EEUU y algunos europeos- a reactivar procesos de extracción de carbón para contener el rally eléctrico. Arrojando no pocos borrones a las estrategias gubernamentales y corporativas sostenibles y a las incipientes regulaciones verdes.

Para 2026, la capacidad eléctrica global procedente de fuentes renovables crecerá en más de un 60%, hasta los 4.800 GW, auguraba la IEA. Eso sí, un mes antes del estallido del conflicto armado en Ucrania. Su última predicción oficial. Con la solar fotovoltaica (PV, según sus siglas in inglés) siguiendo su estela deruptura de récords -dice el Outlook de la institución- en 2022, hasta los 162 GW, casi un 50% por encima de los niveles previos a la epidemia; los de 2019. Evolución que supera a la eólica, que viene de casi duplicar su capacidad en 2020 -tras rozar un dinamismo del 90%- pero que ralentizará su expansión en 2022 -ya lo hizo el pasado año-, pese a que ya supone más de un 50% respecto al trienio 2017-2019. Con China casi monopolizando las instalaciones y nuevos centros de producción. Ocho de cada diez a finales de 2020.

Sin embargo, la IEA considera que el planeta -los gobiernos y las empresas, aunque también las carteras de capital- no está invirtiendo los suficiente y que los mercados energéticos globales se enfrentan ahora a mayores riesgos y turbulencias que puede convertir en inadecuados los gastos en la sostenibilidad futura. Con independencia de la guerra de Ucrania. Hasta el punto de que se podría retrasar aún más el reloj climático que presentan ya de forma acuciante los científicos y retardar aún más el reto de certificar emisiones netas cero de CO2 en 2050. O, dicho de otra forma: escapar a la catástrofe climática será más difícil con rápidos repuntes de los combustibles fósiles como los que acontecen en la actualidad.

El director ejecutivo de la IEA, Faith Birol, no da pábulo a interpretaciones: “las turbulencias se han instalado en los mercados energéticos en un momento en el que se debería multiplicar de forma exponencial las inversiones para garantizar la transición a la descarbonización”. Mientras se vuelven a registrar -enfatiza- unas emisiones de CO2 como en la época anterior a la epidemia de Covid-19. Y culpa directamente a estos bajos recursos en proyectos verdes de los precios desorbitados de la luz y el gas desde el pasado otoño y del fuerte desorden existente entre oferta y demanda de consumo energético. Birol ya hablaba de energy crunch antes de la invasión rusa de Ucrania.

La guerra de Ucrania dispara la demanda de autoconsumo

En esta tesitura, la IEA apuesta por el autoconsumo. “Los sistemas fotovoltaicos deben lograr lo antes posible el punto de competitividad efectivo”, aquel que se alcanza cuando “los ahorros en el recibo de la luz (de la parte de autoconsumo) y el de la venta -o devolución a la red- por el exceso de generación eléctrica cubran los costes asociados a la instalación, la financiación y la operatividad de cada infraestructura. Periodo que se está acortando por la notable competencia que se ha instalado en el mercado. En viviendas familiares y en estructuras industriales, como avanzan los expertos de Bloomberg NEF, su división de investigación energética, que indica una “inusual y casi insana” etapa de instalación de paneles solares de autoconsumo a raíz del energy crunch de la segunda mitad del pasado año. Acrecentada -explican- por la irrupción de la guerra en Ucrania. En las últimas semanas, la industria y el tejido empresarial europeo se ha enfrascado en un código de ahorro de la factura eléctrica y de inversión en energías renovables. En el que el autoconsumo ha invadido los tejados y los espacios de inmuebles residenciales, de oficinas y de naves industriales.

La construcción de paneles de generación solar es relativamente rápida. De promedio, de menos de un año en Europa. En Estocolmo, Harald Overholm, CEO en Alight AB, firma especializada en la instalación de huertos solares en parques logísticos e industriales, asegura haber formalizado contratos de venta de electricidad a empresas a precios fijos con una duración de entre 10 y 20 años. Además de haber incrementado su oferta de distribución en casi 500 Megavatios, más de 170 MW por encima del listón de la semana previa a la guerra de Ucrania. “Puede que tenga un componente insano”, pero la competencia y la demanda de precios más bajos “está espoleando la alternativa del autoconsumo fotovoltaico”. Según los cálculos predictivos de Bloomberg NEF, “los paneles solares entre las empresas europeas aumentarán en un 15% este año respecto a 2021”. Para Overholm, “a buen seguro que no cubre la totalidad de la demanda energética de una compañía, pero en apenas nueve meses, el ahorro empieza a ser substancial”. Una opción que también traslada a los hogares, “ante el súbito y espectacular encarecimiento de los precios de la luz”. Y advierte: las peticiones de familias empiezan a exigir que sea de hoy para mañana.

Este fervor por el autoconsumo ha contagiado también a las bigtechs. Amazon o Alphabet han acelerado la formalización de acuerdos de compra masiva de paneles solares y turbinas eólicas, a la espera de obtener las pertinentes licencias municipales y los permisos de conexión a la red eléctrica. Aunque, en general, desde las firmas especializadas en instalaciones de autoconsumo en Europa se incide en que sus clientes más pertinaces desde el estallido bélico en Ucrania han sido responsables de empresas industriales -desde cementeras a papeleras o siderúrgicas, entre otras- a las que les urge adecuar su demanda a una oferta menos inflacionista que la de la tarifa de libre mercado.

El negocio del autoconsumo en empresas empezó con la década pasada, cuando las compañías cerraron acuerdos de compra de electricidad o activos a firmas renovables externas conectadas a la red de distribución, como los que pudieran adquirir cualquier utility o productora eléctrica independiente de la época, y contratar la capacidad energética que requerían en función de sus ratios productivos. En 2010, el mercado proporcionaba 100 MG. Pero en 2021, la contratación del sector privado a energías limpias alcanzó los 30GW. Alrededor del 10% del total de capacidad de generación renovable incorporada el pasado año. O el total de la instalada en 2008.

No parece tampoco ni un fenómeno fugaz, ni coyuntural. 17 GW procedieron de EEUU, el 55% del poder eléctrico global del autoconsumo industrial. Y otros 3,3 GW se conectaron a empresas en Sudamérica. Europa firmó acuerdos por 12GW, mientras Asia retrocedió a 2GW, menos que en 2020. Amazon, Microsoft y Meta Plarforms protagonizaron los tres mayores contratos de luz en EEUU, la mayoría de origen solar. Amazon, de más de 6 GW, incrementando su capacidad de energía a casi 14GW. En esta escala, se puede decir que sería uno de los más grandes players en renovables contratada, ya que su portfolio a largo plazo es casi similar al de Electricitè de France, la decimotercera compañía con mayores activos verdes en el mundo.

Google, que ocupaba el liderazgo bigtechs en autoconsumo contratado en EEUU, perdió el top-one de manera significativa. Apenas 600 MW en 2021. Aunque por una buena razón. La empresa ha diversificado sus estrategias de energía para adelantar sus emisiones netas cero entre varias alternativas renovables. Con la premisa corporativa de reducir cada hora, cada día, su huella de carbono hasta consumar su hoja de ruta en 2030. Una propuesta que va más allá de la táctica de la mera contratación externa o del autoconsumo, pero que conjuga ambas estrategias y que requiere de inversiones tecnológicas constantes para atender su demanda energética desde las diferentes opciones de compra que plantea el mercado.

Además de asumir un recorrido empresarial altamente recomendable desde la perspectiva del combate contra la catástrofe climática. Porque al disfrutar de ahorro de costes por precios fijos renovables, sus objetivos sostenibles suponen un incentivo con cálculos evolutivos reales. El año pasado, 67 compañías se adhirieron a RE100, una red de suministro global de empresas con un sello cien por cien renovable, para atender la demanda eléctrica de sus socios. En la actualidad, existen 355 empresas signatarias de 25 países que, colectivamente, consumieron 363 teravatios en 2021, sólo algo menos de la demanda conjunta de Illinois, Carolina del Norte y Virginia o algo más de la de Reino Unido. Bloomberg NEF calcula que esta red aumentará en 246 TW sus cotas actuales en 2030, hasta aportar el consumo actual de electricidad de California. O el equivalente a otros 100 GW de nuevos contratos eólicos y solares.

El poder solar de China también tiene perspectivas de atravesar en 2022 un punto de inflexión. Con unas expectativas de mercado de entre 75 y 90 GW nuevos conectados a grupos industriales y la instalación masiva de centrales fotovoltaicas en zonas desérticas del país y en autoconsumo de hogares. A pesar de la escalada de costes de materiales. Para alcanzar sus metas sostenibles. Tal y como advierte Wang Bohua, presidente de la Asociación de la Industria Fotovoltaica China. En el peor de los casos, incrementará en 54,94 GW, explica. Al calor de las plantas de instalación masiva de paneles en los desiertos del país. Y en medio de una fiebre por el autoconsumo limpio. Un road map impulsado por el propio presidente Xi Jinping, cuyo reto es incorporar entre 83 y 99 GW anuales de nueva capacidad solar cada año. Hasta registrar un repunte de entre 232 y 286 GW hasta 2025, fecha en el que concluirá el plan quinquenal aprobado la pasada primavera.

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