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Trump tiene una debilidad fatal: el comercio

¿Hasta dónde estás dispuesto a apoyar la cruzada proteccionista del presidente Trump? ¿100 dólares? ¿500? ¿Aceptarías un recorte en tu salario? ¿Renunciarías a tu trabajo?

Realmente nadie piensa de esa manera el comercio, pero puede que sea el momento de hacerlo. Cada día que pasa, Trump parece estar más determinado a penalizar a las naciones que tienen un superávit comercial con Estados Unidos, algo que también hace cada vez más probable que termine penalizando a sus compatriotas estadounidense por el camino. Canadá, México, China y los 28 países de la Unión Europea ya están elaborando aranceles sobre las importaciones de acero y aluminio desde Estados Unidos. El presidente amenaza con aranceles adicionales y eso dejaría a los líderes extranjeros sin más opción que responder de igual modo, pues tienen que demostrar a sus propios votantes que no serán intimidados por el nuevo sheriff estadounidense.

Donald Trump habla con los periodistas antes de viajar hacia la última cumbre del G7, el pasado 8 de junio en Washington (AFP/Archivos | Nicholas Kamm)

De esta forma, los aranceles van a disminuir la eficiencia de miles de empresas que han implementado estructuras para trasladar mercancías, personas y capital de un lugar a otro siguiendo la máxima del menor costo y la mayor ganancia posibles. Los costes y los precios aumentarán en algunos sectores de la economía y, siempre que suben los precios, los consumidores compran menos. Un análisis del Council on Foreign Relations de los aranceles de Trump sobre el acero y el aluminio, que entraron en vigor en marzo, ha revelado que estos han creado más puestos de trabajo en esas dos industrias particulares, pero que a su vez han destruido 40 000 empleos en la industria automotriz debido al aumento de los precios. “Dado que hay muchos más plazas de trabajo en la industria automotriz estadounidense que en la industria metalúrgica de este país, la pérdida de estos puestos de trabajo opacaría todo aumento del empleo en el sector del acero”, eso explicaba el estudio de CFR.

El presidente está contemplando la posibilidad de imponer nuevos aranceles de hasta un 25 % sobre vehículos importados, lo que representaría un golpe aún mucho mayor para la economía estadounidense que los aranceles sobre el acero y el aluminio. Una tasa del 25 % sobre los coches importados aumentaría los precios en todos los sectores, lo cual reduciría la producción en un 1,5 % y destruiría 295 000 puestos de trabajo, eso dice el Instituto Peterson para la Economía Internacional. Si otras naciones respondieran imponiendo aranceles por su parte, la producción caería un 4 % y eso haría desaparecer 624 000 empleos en Estados Unidos.

Ciertamente Trump dijo en campaña que tomaría medidas proteccionistas como las que ahora está llevando a cabo. Salvo por un detalle: habló de los supuestos beneficios que traería el proteccionismo, pero jamás dijo nada sobre los costos.

¿Quién lo va a pagar?

Esta es la fatal debilidad de Trump con el comercio: para cumplir sus promesas, tiene que perjudicar a algunos votantes. El presidente hace que el proteccionismo parezca una manera excelente de conseguir algo a cambio de nada: imponer aranceles, romper acuerdos comerciales multilaterales, obligar a sus socios comerciales a aceptar unas condiciones más favorables para Estados Unidos y luego disfrutar de ganancias inesperadas. Pero él no ha dicho a los votantes que tendrían que pagar más por alimentos, bebidas, electrodomésticos y automóviles. No ha dicho a los trabajadores que algunos de ellos perderían sus empleos ya que estas políticas iban a restringir artificialmente la demanda de ciertos bienes y servicios. No ha dicho a los agricultores que perderían su acceso a mercados extranjeros lucrativos para ellos. No ha dicho a nadie que su política comercial podría empeorar aún más la situación de los ciudadanos estadounidenses.

Si Trump tuviera lo que los expertos de Beltway llaman capital político, podría llegar a salirse con la suya imponiendo su propuesta de cambio. Pero no lo tiene. El índice de aprobación del presidente es de en torno al 42 %, según Gallup, alta para tratarse de Trump pero notablemente baja para un presidente con una tasa de desempleo del 3,8 %. La última vez que el desempleo fue tan bajo fue en el año 2000, con Bill Clinton como presidente. El índice de aprobación del expresidente en aquel momento fue del 59 %. Y eso fue después de que la Cámara de Representantes recusara a Clinton por mentir acerca de un sórdido escándalo sexual.

El presidente estadounidense Donald Trump se encuentra con el primer ministro canadiense Justin Trudeau en la cumbre del G-7 celebrada el 8 de junio de 2018, en Charlevoix, Canadá (AP Photo / Evan Vucci).

La llamada base electoral de Trump, que supuestamente lo apoya sin importar lo que ocurra, es la que le proporciona su principal núcleo de apoyo, pero no es lo bastante grande como para sostenerlo en medio de las turbulencias políticas que comienzan a dañar el trabajo y a la clase media estadounidense. Es difícil identificar exactamente quiénes son exactamente la base del presidente, pero hay un indicio: los índices de aprobación de Trump entre los republicanos ha aumentado a un 90%. Suena alto, pero solo el 26% de estadounidenses dice ser republicano en estos tiempos. Así que los republicanos de Trump ‒una medida aproximada de su base‒ supone menos del 24% de la población.

Y esto con una economía fuerte y una situación de pleno empleo. Si la política comercial del primer mandatario termina haciendo que aumenten los precios o se pierdan empleos, caerá su aprobación entre los moderados que apoyan los recortes de impuestos y los esfuerzos desregulatorios de Trump, lo que arrastrará nuevamente su índice de aprobación general a los 30 puntos. Y para que los aranceles funcionen, tienen que aumentar los precios; si no pasa eso, entonces no estarán haciendo nada para proteger a ese grupo en cuestión.

¿Tolerarán los votantes el aumento de precios y la puesta en peligro de los empleos, seguirán dando votos suficientes a Trump y sus compañeros republicanos en las elecciones a mitad de mandato para que puedan mantener el control en el Congreso? Es posible, pero a los votantes estadounidenses les pone de muy mal humor cualquier cosa que toque sus bolsillos. El libre comercio que pretende cargarse Trump es el que ha hecho de Estados Unidos el paraíso de consumidores que es, con los precios más bajos posibles para prácticamente todo (salvo el sistema de salud y la educación, que no pueden ser importados). Los estadounidenses también están condicionados a conseguir más de su gobierno de lo que pagan, gracias a la capacidad única del Tío Sam de endeudarse indefinidamente (y de condenar a las generaciones futuras con los costos actuales). Trump exige comercio justo, pero los estadounidenses no están acostumbrados a pagar lo que les corresponde.

Trump parece creer que la mera amenaza de aranceles será suficiente para obligar a los socios comerciales a hacer concesiones, que cederán si se les presiona con suficiente fuerza. Estamos en proceso de darnos cuenta que no es el caso. Es el momento del plan B de Trump, si es que tiene uno.

Video: ¿Hasta dónde llegará Trump en su cruzada comercial contra todos? (en inglés)

Rick Newman