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Tinder no quiere que te enamores y esta es la prueba

Hablar de amor es como adentrarse en un pozo sin fondo: existen tantas acepciones y formas de experimentarlo que nunca terminaríamos de desentramarlo del todo. Probablemente nos ahogaríamos en nuestras propias divagaciones, porque una cosa es lo que nos dicen que creamos al respecto como colectivo y otra muy diferente es cómo lo experimenta cada uno. Lo único cierto es que el amor es una de las realidades humanas más intrínsecamente personales y, a la vez, más institucionalizadas y normativizadas que existen.

Para enredar más el embrollo, la vida amorosa se ha llenado de aplicaciones de citas. Y sucedió que la mediación tecnológica aplicada a las relaciones lo transformó todo. Y todo es, a veces, demasiado: el amor es un bien que se transporta ahora dentro del smartphone, capaz de permitir una multiplicidad de conexiones sin precedentes entre personas ávidas por enamorarse.

Aplicaciones de citas existen de todos los colores y gustos, pero podemos coincidir en que Tinder es una de los grandes referentes del sector diez años después de su creación, un éxito indiscutible. Solo en 2021, según la base de datos AppMagic, 78 millones de personas en todo el mundo tenían la plataforma descargada en su celular. Para quien no lo sepa (que, a estas alturas, es lo más parecido a vivir en una gruta en medio de la montaña), Tinder funciona como un gran catálogo de oferta (personas) bajo la lógica del swip: el usuario ve como aparecen en su pantalla perfiles de otros usuarios y swipea (desliza) a la derecha si el sujeto en cuestión le gusta y a la izquierda si no. Si dos usuarios coinciden en gustos, se genera un match, una atracción mutua a partir de la cual la aplicación les permite intercambiar mensajes internos e interactuar y, si todo va bien, acabarán organizando una cita para conocerse.

Hasta aquí, no hay discusión: Tinder es una herramienta orientada a incrementar la eficiencia de la búsqueda de un potencial candidato, aunque solo sea por la cantidad ingente de perfiles que existen dentro de la aplicación. Es pura probabilidad. Pero ¿hasta qué punto esa abundancia garantiza el éxito de quienes buscan formalizar una relación amorosa duradera y no solo sexual a través de la aplicación?

Amor en Tinder (Photo illustration by Jonathan Raa/NurPhoto via Getty Images)
Amor en Tinder (Photo illustration by Jonathan Raa/NurPhoto via Getty Images) (NurPhoto via Getty Images)

El año pasado publiqué una investigación con la que traté de dar respuesta a esta pregunta a partir de la realización de numerosas entrevistas a usuarios de Tinder, que combiné con un trabajo minucioso de análisis de comentarios en foros escritos por personas que habían utilizado la aplicación. Los resultados desvelaron que, a ojos de la gran mayoría de usuarios, Tinder no es una herramienta eficaz para encontrar pareja, algo que también confirman diferentes estudios consultados que apuntan a una fuerte presencia de personas dentro de la plataforma más interesadas en encontrar vínculos casuales y/o sexuales que amorosos y duraderos. Paradójicamente, incluso los entrevistados que habían encontrado a su pareja por medio del uso de Tinder admitieron su escepticismo respecto a su eficacia y reconocieron que su caso es un caso de suerte, porque no es habitual encontrar el amor en la plataforma.

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En otra investigación, esta de 2018 realizada por Leah LeFebvre, se descubrió que más de la mitad de usuarios de Tinder consideran que está diseñada para conocer a alguien con la que mantener sexo, sin obligación de establecer ningún vínculo emocional posterior ni compromiso. Tiene sentido, por lo tanto, que, si un porcentaje importante de la población que usa la aplicación piensa que fue desarrollada para ese fin, una de las principales motivaciones que guíe su uso sea exactamente esa: buscar vínculos casuales sin compromiso y no relaciones de larga duración. De vuelta a mi trabajo, todos los usuarios entrevistados reconocieron haber utilizado Tinder en algún momento para procurarse encuentros sexuales bajo esta misma creencia: si la aplicación promueve los encuentros esporádicos, ¿por qué no lo voy a utilizar a conveniencia y asegurarme una experiencia que responda a la propia naturaleza de la aplicación?

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El modelo de interacción que promueve Tinder sólo puede ser exitoso en un mundo donde las lógicas del capitalismo basadas en la oferta y la demanda se trasladan a todas las esferas de la vida. Como indica la periodista Nancy Jo Sales, “las aplicaciones de citas son la economía de libre mercado en versión amorosa”. Ya no solo prima el intercambio masivo de bienes materiales como base de la racionalidad económica de nuestras sociedades. Los bienes intangibles propios de la experiencia humana, como el amor, también se han convertido en productos susceptibles de ser consumidos, descartados e intercambiables gracias a las plataformas de citas. De esta forma, los usuarios que operan en Tinder no solo se convierten en productos en sí mismos que deben “venderse” y competir entre ellos para incrementar la eficiencia en la búsqueda, sino que hacen del amor un producto de consumo al que pueden acceder con tan solo descargarse la aplicación y usarla.

Para la escritora Eva Illouz, la institucionalización de la libertad sexual por vía de estas aplicaciones, junto con la cultura del consumo, promueve lo que ella denomina “una estructura negativa de las relaciones contemporáneas” que provoca que las personas ya no sepan cómo definir, evaluar o llevar adelante relaciones amorosas. Según el sociólogo Zygmunt Bauman, plataformas como Tinder han transformado el romance y el cortejo en un tipo de entretenimiento, porque los usuarios pueden tener citas con la seguridad “de que siempre pueden volver al ‘supermercado’ para otro atracón de compras”.

Tinder no es el problema

No se trata de estigmatizar el uso de Tinder, ni mucho menos, sino entender que hay unas lógicas que operan en la sombra, desde cómo está diseñado su algoritmo de búsqueda y cómo este organiza el relacionamiento, hasta cómo los usuarios emplean la plataforma para adecuar su uso a sus propias necesidades.

El amor en Tinder asocia contradicciones profundas porque la abundancia no asegura por sí misma la eficiencia de la búsqueda, sino una cantidad ingente de opciones entre las que elegir (y no elegir) en un contexto como el tecnológico, en el que las reglas de interacción, compromiso y reciprocidad emocional no están del todo claras. Los usuarios perciben la plataforma como una especie de mercado donde no solo se eligen y descartan candidatos, sino donde ellos también son elegidos y descartados. Sin embargo, y a pesar del cambio de paradigma, para la mayoría de entrevistados, Tinder no es tanto el problema como una consecuencia lógica del mundo en el que vivimos, caracterizado por la inmediatez, la mediación tecnológica y una cultura del consumo que permea todos los ámbitos de la vida. ¿Somos responsables de asumir estos mandatos y haberlos trasladados al ámbito del amor? Probablemente. Solo así se puede entender la penetración abrumadora y global de Tinder en la vida cotidiana.

Ahora bien, para ser justos, los responsables de Tinder, de las aplicaciones de citas en su conjunto, también tienen su cuota de responsabilidad en esta reformulación más efímera de la experiencia amorosa. De acuerdo con Statista, solo en 2021 facturaron 3.241 millones de dólares a nivel mundial, una cifra que demuestra que el amor es una industria que genera beneficios cuantiosísimos. Pero para que el flujo de capital se mantenga, se necesitan solteros que se descarguen las aplicaciones porque buscan proveerse de lo que estas ofrecen. Y que, lógicamente, no se las desinstalen. Tiene sentido, entonces, que a los directivos de estas plataformas no les interese tanto que las personas formalicen relaciones estables y duraderas a partir de su uso. Si no se quedarían sin clientes. Y sin clientes, no hay empresa millonaria posible.

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