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Lo que llevó a Raphael a la cima no fue su voz

·10 min de lectura

Decía Carlos Gardel en su tango que “20 años no es nada”, pero si lo multiplicas por tres la cosa cambia. Nada menos que seis décadas han pasado desde que Raphael despegó rumbo a las alturas y saboreó la gloria profesional. Muchos creen que fue su voz lo que le llevó a la cima, otros su desparpajo y versatilidad en el escenario. En realidad, todo ello fue fundamental en este viaje, pero hubo un tercer ingrediente que le disparó sin frenos al estrellato y a alcanzar un éxito arrollador sin precedentes.

En Raphaelismo, la docuserie de cuatro capítulos que acaba de estrenar Movistar +, queda desvelado el verdadero motivo de su trepidante ascenso a lo más alto como artista.

Imagen de Raphael en 'Raphaelismo' (cortesía de Movistar+)
Imagen de Raphael en 'Raphaelismo' (cortesía de Movistar+)

Como todo documental que se tercie, el recorrido empieza desde la niñez hasta el momento actual, dos etapas muy diferenciadas en el tiempo que marcan el antes y el después, en este caso, de la vida de Raphael. Pero es solo eso, tiempo. La esencia de Raphael niño y Raphael adulto es exactamente la misma, se mantiene intacta. Es tal la fuerza y determinación que transmite su historia desde el minuto uno que es imposible no quedarse pegado a la pantalla con ganas de más. Ese fue mi caso, vi los cuatro episodios seguidos, casi sin descanso y con los ojos como platos. Y eso que yo no soy conocedora ni seguidora de su música. Lo que sé de él me lo contaban mi madre y mi abuela, dos de sus grandes fans. Pero no es necesario serlo para caer hipnotizado por todo lo que nos cuenta en este inspirador viaje al centro de su vida.

Parto de lo más significativo para mí: Raphael fue siempre un niño grande. Antes, por las experiencias de adulto que le tocó vivir en la infancia y que le obligaron a crecer deprisa, y ahora, por no desprenderse de ese espíritu infantil que le acompaña en cada sonrisa a sus 78 primaveras. En sus primeros años, y tal y como bien define uno de sus primeros éxitos, pasó “de la niñez a los asuntos importantes”. Lo más llamativo es que lo hizo con una madurez arrolladora y poco propia de alguien que apenas empieza a vivir. Todo lo que hacía, ya fuera vendiendo melones, en la sastrería o llevando los recados, lo hacía con ilusión. “Yo era un niño muy feliz”, dice de aquel jovencito que vivía en Cuatro Caminos llegado de Linares y que madrugaba mucho cada día para cumplir sus tareas y ayudar en casa.

Casi por accidente, el teatro se cruzó en su camino una tarde cualquiera volviendo al hogar. Fue un flechazo. Quedó prendado con este lugar, al que empezó a ir todos los días. Una cita que no se perdía aún estando agotado tras un largo y arduo día de trabajo. Allí, viendo lo que pasaba entre bambalinas es que empezó a soñar. Algo en él cambió para siempre. Los porteros de los teatros siempre eran generosos y sabían ver quién apuntaba maneras, así que solían tener una entrada para él. Sin embargo, como suele ocurrir en estos casos, en casa existía la preocupación por el niño. “Serían la una y pico de la mañana y me recibió mi madre, me pegó una bofetada, pero de esas bien. Y yo dije, ‘pues empezamos mal porque esto yo lo voy a hacer todos los días. Mi destino es ese, yo voy a ser artista'… Jamás me volvieron a tocar. Y yo volvía todos los días a la 1 de la mañana”, recuerda de aquellos comienzos.

Este pequeño gesto lo dice todo y nos adelanta lo que estaba por venir. Nada ni nadie, ni siquiera lo que más quería en este mundo, sus padres, iban a amputar sus sueños. Esta es la parte de la historia que te engancha y ya no te suelta en las casi cuatro horas siguientes. Nada en su vida llegó por casualidad o porque se lo puso el destino así de fácil, fue por insistencia y tenacidad. Su cabeza era una fábrica de ideas, cada una más descabellada e inteligente que la otra. Por aquel entonces la radio era el lugar donde se descubrían las grandes voces, pues allí estaba él cada semana dando el callo. Un día era flamenco, otro balada, otro zarzuela, lo que fuera por cantar y ser escuchado. No se ausentaba ni una vez, así que en la radio ya era conocido por todos. Pequeños grandes detalles que ya denotaban que detrás de esa voz, entonces en proceso de cambio y formación, había algo más.

Otro ejemplo claro de lo que era Raphael y lo que le llevó hasta donde está fue un detalle de lo más cómico que ocurrió durante su participación en el Festival de Música de Benidorm. De la noche a la mañana allí estaba él, subido en el autobús con 20 cantantes más en busca de su meta y camino al prestigioso evento cazatalentos. Como uno se puede imaginar, aquello era un cóctel de hormonas y testosterona de jóvenes con ganas de divertirse. Y así fue. Llegaron al hotel y empezó la fiesta. El grupito se lo pasó pipa en la playa entre risas y cachondeo. “¿Resultado de por la noche? Todos mudos”, recordó Raphael riendo en el primer episodio. Todos menos él, quien de lo más previsible, decidió quedarse en su habitación para no dañar su voz.

¿Quién a esa edad hubiera renunciado a pasárselo tan bien? Pues él. Raphael lo tenía grabado a fuego en su mente, había esperado demasiados años como para tirar todo por la ventana. Su voz tenía que estar intacta y así fue. El de Linares ganó algo más que un premio, aprendió lo importante que es pensar con la cabeza y saber cuáles son las prioridades. También le supuso más puertas abiertas y un dinerito con el que pudo ayudar a su familia y pagarse su primera portada en la revista, Primer plano. Una idea casi de empresario muy bien pensada que hizo que llegara aún a más gente. Otra de esas cosas que solo se le ocurren a alguien que visualiza y siente como real su gran sueño.

Esa expresión tan americana de Dream big (sueña a lo grande) era su lema en la vida sin saberlo. Tenía las cosas tan claras que incluso rechazó cantar en las salas de fiestas para embarcarse en una aventura a la que no todos se atreven. Raphael no quería ser gobernado por nadie en su carrera que no fuese él. Así que, sin pensárselo demasiado, se le ocurrió la idea de crear su propia compañía y su propio espectáculo. Uno con el que recorrería los pueblos de España para dar a conocer su música. Volvemos a la misma pregunta, ¿quién a esa tierna edad de los tiernos 20 se atrevería con algo así? Pues él.

Las ocurrencias de Raphael son para mí las grandes protagonistas de este documental y ese ingrediente clave que le convirtió en una de las grandes estrellas del país más allá de su talento. Hablo del ingenio, del espíritu de lucha, de la convicción en lo que uno cree y la seguridad absoluta de lo que quería. Sin esos matices, por mucho vozarrón que tuviese, a lo mejor no hubiera sido la figura que es. Y es que durante aquella gira nacional pasó algo que al menos a mí me huele a magia. Una magia que hoy se echa de menos. Tal y como él mismo menciona en el documental, en algunos de esos conciertos llegaron a contar con apenas seis personas como público. es decir, un fracaso total. Muchos se hubiesen desanimado y tirado la toalla, pero, ¿qué hizo Raphael? Cantar aún mejor y con más ganas para esa minoría. Sabía que si dejaba el pabellón alto, aunque fueran poquitos, al día siguiente se correría la voz y la próxima vez serían más. No se equivocaba.

Y ahí es donde yo quería llegar, a la ilusión de ese niño que a pesar de los baches no se rendía. Aprovechaba las curvas para frenar y tomar impulso y eso, a una edad tan temprana, no era lo habitual. Lo que hoy se ha puesto de moda y se conoce como visualizaciones o manifestaciones de sueños es algo que Raphael ya practicaba sin saber que se convertiría en una tendencia espiritual en el siguiente siglo. El joven artista fue sembrando semillas cuyos frutos recogería a manos llenas. Su hambre por ofrecer su música al mundo era más grande que el hambre por no comer. “Hay muchas clases de hambre, pero qué bien que lo pasé, es como el sarampión, hay que pasarlo para que luego te libre de otras cosas peores. La turné del hambre me enseñó a no dormirme en los laureles, en no confiar todo al destino, a prepararme mejor, a saber dónde cantar y dónde no, cuándo debes ser empresario y cuándo no, deja que los demás ganen dinero contigo. Eso es importante también, la gente tiene que ganar dinero contigo”, explicó. Menuda reflexión.

He de admitir que escucharle hablar de esa manera mientras veía el documental para poder escribir este artículo me emocionó especialmente. Y no solo eso, me hizo recordar cuán importante es creer en lo que te hace palpitar el corazón. Quizás suene cursi y demasiado romántico, pero así me ha hecho sentir la historia de Raphael. Cada frase que dice es mejor que la anterior, cada experiencia vivida es una lección para el espectador, sea cual sea la edad. Su carrera ha sido una cadena interminable de riesgos sin miedo al precipicio. Y en eso radica su éxito. Lo siguiente fue aún más apoteósico y atrevido. Después de esa gira humilde, el joven artista hizo su mayor apuesta: hacer un concierto de tres horas en el teatro que tanto amaba, el de la Zarzuela. Todavía no era tan conocido como para llenarlo y su entorno dudaba si lograría retener a la gente tanto tiempo. Podía perder, pero también ganar. Su empeño por sacar adelante esta actuación del 3 de noviembre de 1965 y el de sus compañeros a la hora de vender las entradas obtuvo resultados: un teatro hasta arriba con la curiosidad de conocer al osado que estaba a punto de subirse al escenario. “Y ahí estaba, solo, decidido a hacer que el público comprendiera lo que para mí debía ser un artista”, describió. Ya nunca hubo más hambre ni más escasez económica, como dicen sus allegados en el documental, lo que vino fue un auténtico terremoto.

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Así fue toda su vida, una constante apuesta y estela de sueños, uno tras otro, sin descanso. Raphael siempre caminaba entre proyectos e incluso en los momentos más duros de su vida supo reinventarse y acaparar todas las miradas de admiración. Desde mi percepción, no se trataba de ambición sino de algo más fuerte que todo lo material: un amor desmedido por su público. Por él es que trabajaba largas horas y cruzaba océanos, incluso estando delicado. Nunca cesó de trabajar mientras pudo, hasta que su cuerpo dijo basta. Pero aún en esas fases de su vida más dolorosas como fueron su caída en el alcoholismo por la soledad de los hoteles y el insomnio provocado por la adrenalina, o su posterior trasplante de hígado, pensaba en su gente, en sus fans, en su razón de ser.

Su renacer gracias a esta operación lo fue también en el escenario, al que regresó pocos meses después de su operación en un recital que puso a todos en pie. Así es Raphael, un Ave Fénix que no tiene ni quiere tiempo que perder, que cuando parece que ya lo ha hecho todo, vuelve a empezar de cero. En su intento por llegar a las nuevas generaciones, el intérprete de Escándalo no solo ha rapeado con ese tema sino que también ha hecho teatro musical con Jekyll & Hyde y hasta ha participado en películas de directores contemporáneos como hizo en Torrente 2: Misión en Marbella, de Santiago Segura, o Mi gran noche, de Álex de la Iglesia. En el terreno musical tampoco se ha quedado corto y con ese atrevimiento tan suyo ha unido su voz a jóvenes cantantes a los que ha dado proyección y de los que asegura haber aprendido mucho a pesar de su edad. Pablo López, Vanesa Martín, Pablo Alborán o Luis Fonsi son algunos de los artistas que participaron en su famoso disco Raphael 6.0, un álbum de duetos con las canciones que siempre quiso cantar.

Ese es Raphael, el hombre que lleva tatuado el entusiasmo en su sonrisa y las ganas de todo en su mirada. El que no conoce lo que es rendirse e ignora el verbo retirarse. Raphaelismo es un documental que nadie debería perderse porque es un homenaje a la vida, a sus subidas y bajadas, pero, sobre todo, a las oportunidades que uno mismo se da.

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