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Radiografía de la ultraderecha alemana: más cuestión de seguridad que una amenaza al sistema

Alemania quedó conmocionada el miércoles tras conocerse una redada monumental: 3.000 agentes desplegados en 11 estados ponían fin a un intento de golpe de Estado con la detención de 25 personas. No eran castillos en el aire, sino planes reales de asaltar el edificio del parlamento, el Reichstag, y tomar el poder “usando medios militares”. El grupo que lo organizaba, el extremista Reichsbürger (Ciudadanos del Reich), mostraba en sus comunicaciones su “profundo rechazo” a las instituciones y quería reemplazar el actual estado con un nuevo, inspirado en la Alemania de 1871 y su constitución.

¿Era el suyo un plan realizable? Parece haber consenso en que no, en que las instituciones germanas son fuertes, en que el poder político de la ultraderecha -en sus diferentes formas, siglas y expresiones- no tiene peso para ello, gracias entre otras cosas al férreo cordón sanitario que impone el resto de partidos. No eran los miles que asaltaron el Capitolio en 2021 ni los alentaba un líder como Donald Trump. Una cincuentena de ultras, como mucho, por más que hubiera exmilitares entre sus adeptos, podrían acceder a un edificio y crear un grave problema de seguridad, pero la democracia vencería. Y, sin embargo, no se puede relativizar esa clave, la del uso de la violencia. Eso sí que es un reto creciente para Alemania, que tiene desde 2020 a la ultraderecha como su mayor amenaza a la seguridad nacional, según el Ministerio del Interior.

Para el periódico conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, el éxito de la policía demuestra cuán aislados estaban los conspiradores: “Tomarlos en serio sería hacerles demasiado honor. Parece una farsa comparado con los extremistas estadounidenses que asaltaron el Capitolio”, dice en un editorial. Cas Mudde, politólogo neerlandés y especialista en derecha extrema, también ha explicado en Twitter que lo que se puede minimizar es la intentona golpista. “Hasta ahora, el terrorismo de extrema derecha ha sido una amenaza para grupos específicos de la sociedad y, en ocasiones, para el orden público local. No se ha acercado a ser una amenaza para el sistema/estado democrático”, escribe. Otra cosa es la “amenaza terrorista abismal”, de la ultraderecha, como la ha llamado la ministra del Interior, Nancy Faeser. Ahí los números asustan más aún. “Un peligro muy real”, constata.

La Oficina Federal de Protección de la Constitución (BfV) publicó la pasada primavera su estudio anual sobre amenazas en el país y en él se constata que, pese a que los números han mejorado muy ligeramente en el último año, la violencia de extrema derecha sigue siendo la más peligrosa para Alemania. Según sus datos, de los 33.476 crímenes con trasfondo ideológico registrados en 2021, 20.357 eran de tendencia ultraderechista, el 60,8% (6.142 provenían de la izquierda radical y 409 más tenían componentes religiosos, por comparar). Tomando los datos del año previo, 2020, el incremento ha sido de unos 10.000 delitos con esa motivación más.

El informe más reciente dek BfV señalaba también que que existen al menos 33.900 ultraderechistas en el país, de los que 13.500 están dispuestos a recurrir a la violencia para imponer su ideología. Son más de 9.000 ultras respecto al año previo y 800 más dispuestos a tomas las armas. “Es en ese espectro ideológico donde se observa una mayor disposición a usar la violencia contra enemigos políticos, minorías o contra el propio Estado y sus representantes – diputados, alcaldes, policías, etcétera –”, señalan.

El pasado mayo, la ministra Faeser y el presidente de la Oficina de Investigación Criminal (BKA), Holger Münch, haciendo balance general de delincuencia en el pasado año, alertaban de que la crisis del coronavirus había hecho cuajar, además, un grupo “heterogéneo” de personas con una actitud “crítica o hasta hostil” hacia el Estado, y en ese río revuelto pescó también la ultraderecha, que intentó instrumentalizar las manifestaciones para sus fines y buscar una conexión con la sociedad civil democrática. No ganaron una “influencia significativa”, constató Münch, pero sí hicieron ruido y ampliaron su base de contactos.

En la misma comparecencia, Faeser se mostró sumamente preocupada por los delitos de corte antisemita, que aumentaron en un 29%, con más de 3.000. Consideró que “es una vergüenza para el país” que aún hoy se propague el odio a los judíos, con algunos negacionistas del coronavirus usando incluso una estrella amarilla en el brazo, banalizando el Holocausto, algo absolutamente perseguido en Alemania.

En el mismo mes, el Ministerio de Defensa alemán reveló en una pregunta parlamentaria que en 2021 se detectaron al menos 262 casos sospechosos de extremismo de derecha en las Fuerzas Armadas. Se da cuenta del uso de lemas y saludos nazis, de música de ultraderecha pinchada en edificios públicos como bases y cuarteles y también comportamientos racistas, especialmente contra los soldados con antecedentes de migración. Hasta 75 soldados fueron suspendidos del Ejército el año pasado debido a incidentes de racismo, extremismo y antisemitismo, según el informe, que reconoce que hasta hace poco el control de este tipo de comportamientos no había sido el más adecuado.

La policía alemana ha explicado que menos de la mitad de los alemanes de extrema derecha están bien organizados en partidos o plataformas definidos, como el Partido Nacionaldemócrata de Alemania (NPD)Der III Weg (La tercera Vía) Die Rechte (La Derecha) o la Alternativa para Alemania (AfD). El resto son lobos solitarios pero también, cada vez más, grupúsculos de tamaño pequeño como el desmantelado el miércoles, que han ido tomando forma más de comunidad que de organización, muy basados en los nuevos contactos de las redes sociales. “Buscan ganar apoyos entre segmentos de la población no radicalizados”, señalan los informes.

Protesta en Mainz del partido Fuerza Nueva (NSP), de ultraderecha.
Protesta en Mainz del partido Fuerza Nueva (NSP), de ultraderecha.

Protesta en Mainz del partido Fuerza Nueva (NSP), de ultraderecha.

Contra el otro

Esta radiografía de situación se completó el pasado noviembre con el estudio de la Universidad de Leipzig, que lleva desde el año 2002 tomando el pulso a la sociedad alemana y sus posturas extremistas y se ha convertido en referente en el este del país, la zona que más problemas arrastra con los ultras. Hay una primera lectura que da un respiro: “las actitudes de extrema derecha han disminuido significativamente” en este año, al menos según lo que confiesan abiertamente los encuestados. Sólo el 2% de las personas “todavía tienen una visión del mundo estrecha y extremadamente derechista”, cuando en 2020 la cifra rondaba el 10%.

Pero hay una segunda que es menos ilusionante: aumenta el resentimiento al diferente, como los inmigrantes, los musulmanes y hasta las mujeres, del 27,8 al 31%. “Si bien los elementos de la ideología neonazi son más escasos, el resentimiento hacia aquellos percibidos como diferentes en realidad ha aumentado”, sostiene el estudio, titulado Dinámicas autoritarias en tiempos de incertidumbre.

“La satisfacción pública con la democracia en Alemania ha aumentado en los últimos dos años”, señala, con niveles del 82%, un dato que seguramente será como ácido para los arrestados de esta semana. Sí hay una queja: sólo la mitad de los encuestados expresaron su aprobación de la práctica democrática cotidiana, esto es, “a pesar del alto grado de satisfacción con la forma de gobierno, evidentemente existe un sentimiento generalizado de no tener influencia política”. De nuevo, estos especialistas avisan de la “alta disposición a la violencia” de algunos de estos extremistas, lo cual lleva al riesgo de que su furia cuaje en atentados a personas o instituciones.

La desilusión ya sabida por la brecha entre la calle y los despachos, pero que no lleva al común de los alemanes a planear un golpe, aunque este año, por ejemplo, hayan aparecido como amenazas nuevos nombres, como el de la ideología “siege” – cerco, en inglés – que aparece destacada en el informe de la BfV. “Cada vez un rol más importante. Sobre la base de una ideología racista y antisemita, propaga el derrocamiento del sistema a través de una resistencia sin líderes y fomenta ataques terroristas contra minorías y representantes del sistema”, indica. Se ha notado su impronta en protestas contra la gestión de las ayudas por las riadas del pasado año o por la inflación al alza a causa de la invasión rusa de Ucrania.

También ha cobrado fuerza el grupo de los pensadores transversales o Querdenker, que según otro estudio de la Universidad de Basilea (Suiza) y dirigido por el sociólogo alemán Oliver Nachtwey, son ciudadanos que un  día fueron de centro y hasta de izquierdas, que han acabado alineándose con la ultraderecha a causa de las medidas de control de la pandemia. Se caracterizan por “un alejamiento de las instituciones del sistema político, de los medios de comunicación de referencia y de los partidos tradicionales” y entre ellos abundan los antisemitas. Y se vigilan los restos del desmantelado NSU o Clandestinidad Nacionalsocialista, que han resurgido con amenazas a personalidades de la política y la cultura y que, en el pasado, asesinó a no menos de una decena de personas.

Entierro de Walter Lübcke en 2019, en Kassel, tras ser asesinado por un ultraderechista.
Entierro de Walter Lübcke en 2019, en Kassel, tras ser asesinado por un ultraderechista.

Entierro de Walter Lübcke en 2019, en Kassel, tras ser asesinado por un ultraderechista.

Los antecedentes

En Alemania preocupa ese goteo de violencia, que se ha convertido en una constante. Terrorismo de baja intensidad, lo llaman algunos, pero a veces, de baja nada. Ya en agosto de 2020, unos 200 nazis trataron de asaltar la sede del Parlamento, en Berlín, lo que ahora querían hacer los Ciudadanos del Reich para luego imponer su país de 1871, tras negociar con las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial unas nuevas fronteras. Tenían hasta su príncipe para ello, Heinrich XIII Reuss se llamaba su cabecilla.

Más allá de esos rocambolescos planes, está la consumación de miles de ataques año tras año. Este mismo 2022, en abril, se desmanteló un grupo afín a los Reichsbürger que quería secuestrar al ministro de Salud, Karl Lauterbach, un eminente científico socialista defensor de las mascarillas, las distancias y los confinamientos contra el coronavirus. El grupo tenía entre sus planes, además, el de atacar en cascada contra las instituciones para crear las condiciones para una guerra civil. “Es una minoría, aunque muy peligrosa”, dijo entonces Interior sobre estos conspiranoicos, muy activos en las protestas por las medidas anticovid.

En 2019, la ultraderecha ya había matado a Walter Lüboke, un miembro de la CDU de Angela Merkel, que recibió un tiro en la cabeza en la terraza de su casa, en el distrito de Kassel. Un ultra lo mató por apoyar la política de acogida de refugiados tras la crisis de 2015. Ese mismo año, en Halle hubo otros dos muertos en un ataque a una sinagoga, y al año siguiente, en Hanau, hubo nueve muertos en un ataque múltiple a bares de narguile.

Hay constantes informaciones de palizas, sobre todo a negros y fieles musulmanes, ataques incendiarios a centros de refugiados, amenazas de bomba y apariciones de nostálgicos fascistas, que antes se escondían ante las duras leyes antinazis del país. Tal ebullición inspira incluso a adolescentes, como el crío de 16 años que en mayo quiso atentar con una bomba contra su propio instituto, en Essen, y que fue detenido gracias a un chivatazo de alguien cercano.

Que nadie reste riesgo a lo pasado. Si no está en juego el sistema, sí hay vidas de por medio.

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