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Palestinos con cáncer, en riesgo por la crisis de un hospital clave para Gaza y Cisjordania

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El Augusta Victoria de Jerusalén Este es vital en la atención de pacientes oncológicos para los Territorios Palestinos. Pero una falta de fondos inédita le ha empujado a rechazar pacientes y limitar los tratamientos en curso. Aunque en el pasado lidió con la inestabilidad crónica de la Autoridad Palestina, el freno de la ayuda anual de la Unión Europea le ha puesto en tal ahogo que podría forzar su cierre. Detrás del bloqueo, una riña en torno a los libros de texto palestinos.

En otra situación, el vacío en una sala de atención de pacientes con cáncer podría ser una buena noticia. Pero para el Hospital Augusta Victoria (AVH) de Jerusalén Este es sinónimo de una crisis financiera con reminiscencias, aunque con un toque inédito: por primera vez, le obliga a reducir tratamientos y pone en riesgo la vida de cientos de personas.

Ubicado en el Monte de los Olivos, el centro médico –operado por la Federación Mundial Luterana (LWF) desde 1950– es una referencia en la atención oncológica para los Territorios Palestinos.

Su unidad es la única opción para los enfermos de cáncer de la Franja de Gaza y la mejor alternativa para los dolientes de Cisjordania ocupada. Sin embargo, por esta falta de fondos, desde septiembre de 2021, el sanatorio se ha visto forzado a rechazar a 500 nuevos pacientes, mientras en paralelo los más de 600 con tratamiento en curso han sufrido demoras o interrupciones por falta de medicamentos.

Usualmente el centro de cuidado de día recibe entre 80 y 90 pacientes palestinos. Ahora el lugar luce lejos de estar lleno. "A diario, alrededor del 40% de nuestros pacientes no pueden venir al hospital a recibir sus tratamientos a tiempo, como estaba planeado", explica a France 24 el doctor Yousef Hamamreh, jefe de oncología del nosocomio.

El médico agrega que "esto ha sido habitual en los últimos seis meses".

Como adelantábamos, los problemas económicos no son algo nuevo para el Augusta Victoria. Al igual que los otros cinco hospitales de la Red de Jerusalén Este, siempre sufre la inestabilidad financiera crónica de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que solo a la AVH le debe una deuda de más de 70 millones de dólares.

En otras cosas, esto se traduce en impagos de los tratamientos de pacientes derivados por el Ministerio de Salud palestino.

La crisis actual tiene el agregado de los coletazos de la pandemia de Covid-19 y de la falta de asistencia de Estados Unidos durante los cuatro años de la Administración de Donald Trump, apoyo que se reanudó en 2021. Pero el golpe de gracia lo ha dado un bloqueo de meses de la contribución anual de la Unión Europea (UE).

La ayuda al hospital, rehén de una disputa política en Bruselas

La Unión Europea es el mayor donante individual de la Autoridad Nacional Palestina y vehiculiza sus aportes a través del mecanismo de financiación directa PEGASE. En noviembre de 2021 se esperaba que liberara el aporte anual de 214 millones de euros, de los cuales alrededor de 13 están destinados a los hospitales de Jerusalén Este.

No obstante, los fondos se mantienen paralizados en Bruselas, a la espera de la decisión final de la Comisión Europea. La cara visible del bloqueo es el comisario de Vecindad, el húngaro Oliver Varhelyi, quien lidera el reclamo de reformas en los libros de texto de las escuelas palestinas, sobre los cuales Europa debate si promueven sentimientos anti-Israel o a favor de la violencia.

La entrega del dinero está, a día de hoy, condicionada a esas posibles modificaciones.

Irlanda ha liderado las alertas sobre la importancia de dar luz verde a la asistencia. Junto a otros 14 Estados miembros pidió en una carta al funcionario húngaro que destrabara la situación, sobre la cual cuestionaba su actitud.

Días atrás, antes de una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores europeos, el canciller irlandés Simon Coveney manifestó su "frustración" por el bloqueo y señaló que "todos los ministros menos uno pidieron el desembolso de los fondos". Aún así, el expediente yace en un escritorio en Bruselas.

A miles de kilómetros, las secuelas las pagan cientos de pacientes de cáncer palestinos, a quienes la urgencia no les permite esperar la resolución de disputas políticas. Se plantean incluso pagar de su bolsillo los tratamientos. Algo imposible en lo económico y, como defiende Hamamreh, algo que va en contra de su "derecho" de ser atendidos.

"Las consecuencias son muy malas. Es muy simple, está afectando a la vida de la gente. Cuando no eres tratado a tiempo, cuando tienes interrupciones en tu tratamiento, hay mayor riesgo de morir de cáncer que de ser curado", sintetiza a France 24 el doctor Fadi Atrash, director ejecutivo del Augusta Victoria.

Este oncólogo está alternando la bata con el traje para liderar la búsqueda de fondos que permitan mantener en funcionamiento el hospital. En las últimas semanas, la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA) y el Gobierno alemán se comprometieron a entregar 500.000 dólares cada uno para la compra de medicamentos oncológicos. Son aportes que, según Atrash, "ayudan, pero a largo plazo no son suficientes".

"Necesitamos que los pagos regulares regresen y estamos intentando llevar nuestra voz a la Comisión Europea para decirles que bloquear este dinero está hiriendo a nuestro hospital, a nuestros pacientes. Se trata de vidas humanas, no de política", alerta el médico, a la vez que lanza un mensaje con tono de ultimátum: "Para finales de junio, pienso que si no hay un plan claro, si llegamos a esa época sin dinero, si no tenemos ningún apoyo, no podremos funcionar en lo absoluto".

"Somos el único futuro para los pacientes de Gaza"

La relevancia del Hospital Augusta Victoria puede entenderse en dos servicios: es el único que ofrece diálisis renal pediátrica en Cisjordania y es el único al que Israel ha permitido brindar radioterapia para los enfermos de cáncer. Por mucho tiempo, las autoridades israelíes han prohibido la presencia de materiales radiactivos en los Territorios Palestinos bajo un argumento bélico.

Así, de la totalidad de sus pacientes, el 40% proviene de la Franja de Gaza, los cuales "si no vienen aquí, no tienen alternativas", subraya Fadi Atrash.

"Somos el único futuro para los pacientes de Gaza (…) Incluso la gente de Cisjordania tiene algunas pocas alternativas. Pero aquí presentamos un tratamiento integral. Tenemos radioterapia, quimioterapia, inmunoterapia, cuidados paliativos. Todos estos aspectos son ofrecidos aquí en nuestro hospital y eso lo hace único. Su servicio, su calidad y también su ubicación en Jerusalén Este".

Demasiadas dificultades para personas que, además, deben enfrentar los obstáculos de atravesar los 'checkpoints' de las fuerzas israelíes o pelear para obtener los permisos de viaje por parte del Gobierno hebreo.

"Perderíamos mucho si este hospital desapareciera", confiesa una mujer procedente de Hebrón, para quien la cercanía con el hospital "es muy importante" ya que la ciudad de Ramallah le queda más lejos. "Probé en otros hospitales, pero no encontré la atención que hay aquí. Es mucho mejor", añade en diálogo con France 24.

Ella no escapa a la coyuntura actual: lleva esperando por sus medicamentos un mes y medio y asume que tendrá que conseguir dinero para pagarlos por su cuenta. "Nuestra situación sanitaria se deteriora cada día, nuestro estado es cada vez peor y vamos retrocediendo", lamenta.

Casi dos meses de espera suma también una mujer de 39 años, madre de cuatro hijos y víctima de un cáncer de mama localmente avanzado. Ella necesita un agente biológico particular que elevaría hasta un 70 u 80 por ciento sus posibilidades de cura. Si no recibe dicho tratamiento, deberá someterse a una cirugía.

Su rostro tranquilo oculta una gran preocupación: "No puedo dormir por las noches". Y, pese a ello, envía un deseo que es a la par una exigencia: que otras mujeres no tengan que vivir la misma situación.

Llamadas, frustración, depresión: los padecimientos de los médicos

Esta crisis económica y política –no solo por Bruselas, también por la Autoridad Nacional Palestina– aleja a los médicos de su misión principal y los lleva a asumir difíciles tareas, como contactar por teléfono a los pacientes que no tienen los tratamientos a su disposición.

De un tablero en la recepción oncológica cuelgan varios 'post-it' de colores con el nombre del doliente y su medicamento, no disponible. Casi 50 en una sola semana, y contando.

El doctor Yousef Hamamreh agarra otro listado y muestra las cruces. Explica que, cada día, preparan los listados de atención de la jornada siguiente y tachan los nombres de aquellos que no tienen sus fármacos a disposición. A eso le sigue una ronda de llamadas para dar la triste información. "Cuando los pacientes ven el número del hospital, saben lo que pasa", nos relata el médico. "Y cada vez preguntan lo mismo: 'De acuerdo, hoy no lo tienen, pero ¿cuándo debería ir al hospital? ¿Qué día? Denme una cita'. Pero el problema es que no puedo decirles cuándo habrá".

"Esto es muy frustrante, no solo para mí, sino para todos mis doctores. A veces, caemos en depresión", revela Fadi Atrash, quien admite que "a veces evito el contacto con mis pacientes porque no puedo decirles: 'No puedo pagar tu tratamiento'. Como doctor tengo las capacidades para dar el mejor cuidado a mis pacientes, pero sin medicamentos, sin recursos, sin dinero, no puedo".

Yousef Hamamreh complementa que las reacciones de los enfermos son diversas: "Algunos esperan nuestra llamada para nuevas citas, otros se deprimen, sus familias se deprimen, también el oncólogo se deprime porque no puede ofrecerles un tratamiento apropiado a tiempo".

Para el jefe de la unidad oncológica, lo más difícil es defraudar la confianza de las personas con el sistema de salud, pero entiende que "no sé si puedo prometerles tres o cuatro veces a mis pacientes sin darles resultados. Los enfermos de cáncer no son pacientes normales. No pueden esperar mis promesas u otras promesas", sentencia.

Frente a un panorama cada vez más deteriorado, Hamamreh admite que "ahora estamos buscando esperanza, solo esperanza". Esta podría verse alimentada si, a miles de kilómetros de distancia, en una oficina en Bruselas, se liberan los fondos clave para mantener con vida al centro de cáncer. Porque su muerte significaría también la de cientos de enfermos.

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