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¿Realmente merece la pena un impuesto para gravar las sodas?

Las bebidas azucaradas o sodas están en el punto de mira por sus efectos negativos sobre la salud y porque ya han surgido ideas para frenar su consumo. Foto: Getty Images.

Vayan por delante unos cuantos números. El 39,8% de la población de EEUU es obesa, lo que afecta a 93,3 millones de adultos, fruto, en gran medida, de un cóctel letal de malos hábitos alimenticios y falta de ejercicio que cada año mata a unas 300.000 personas, según los datos del National Institutes of Health.

Además del drama ante tanto mutis prematuro, está la carga que supone ese panorama para el sistema sanitario cada año: 147.000 millones de dólares, un baile de cifras que justifica, en parte, que se esté hablando de forma activa de un impuesto a las sodas a nivel nacional para penalizar esos malos hábitos y, de paso, generar ingresos para financiar causas sociales.

De momento hay un estudio que vio la luz hace unas semanas y que sustenta la idea, además de la iniciativa de siete ciudades —San Francisco y Philadelphia entre ellas— que ya han implementado con éxito ese impuesto a las bebidas con altos niveles de azúcar.

El estudio fue elaborado por Dmitry Taubinsky, profesor asistente de la Universidad de California Berkeley, y por dos economistas de la Universidad de Pennsylvania y Nueva York, Benjamin B. Lockwood y Hunt Alcott. La conclusión es que el impuesto es positivo para la sociedad, ya que ayuda a paliar el impacto sobre la sanidad pública y crea conciencia sobre lo perjudicial del consumo excesivo de azúcar.

Acciones que perjudican a los demás

“Los impuestos a las sodas contrarrestan las ‘externalidades’ o los costes que nuestras decisiones imponen a los demás”, indica Taubinsky en un informe sobre su estudio. “Un ejemplo clásico de externalidad es que conducir nuestros autos emite una contaminación que perjudica a otros. De manera similar, las bebidas azucaradas imponen externalidades cuando otros pagan los costos de atención médica resultantes”.

El 39,8% de la población de EEUU es obesa, lo que afecta a 93,3 millones de adultos. Las sodas no son las únicas culpables, pero contribuyen al problema de forma importante. Foto: Getty Images.

El tabaco es otro gran ejemplo, una industria castigada de forma permanente con impuestos que han ayudado a reducir el consumo de forma drástica y generar, de paso, millones de dólares para las arcas públicas. Según las cuentas de Taubinsky, Lockwood y Alcott, el impuesto federal a las bebidas carbonatadas generaría unos 7.000 millones de dólares anuales, una pequeña fortuna para mejorar bibliotecas públicas, colegios, centros comunitarios o parques.

“Estimamos que los impuestos a los refrescos benefician tanto a las personas con ingresos bajos como altos ”, indicaron los tres investigadores. "Aunque las personas de bajos ingresos beben más bebidas azucaradas y, por lo tanto, pagan más en impuestos a los refrescos, su salud también se beneficia más por beber menos". Sostienen, además, que el impuesto debería ser estatal y no solo local, “ya que cubren a más personas y porque comprar refrescos libres de impuestos en las afueras de la ciudad, lo que algunas personas hacen, diluye los beneficios de un impuesto".

Scott Kaplan, profesor del Departamento de Agricultura y Recurso Económicos de la Universidad de Berkeley, cree que esta medida es necesaria para cambiar un modelo deficitario. “Lo que está pasando ahora es un fracaso financiero y del mercado. La gente que bebe soda no paga por el coste para el sistema sanitario y debería”, explica en una entrevista telefónica con Yahoo Finanzas.

Pruebas exitosas

Kaplan entiende el impuesto como “una penalización” que ha funcionado en lugares como Philadelphia y Berlekey, donde el descenso en el consumo ha sido drástico. La ciudad californiana fue pionera en la implementación en 2014, lo que se tradujo en un descenso del consumo de más del 20%. Kaplan aclara, sin embargo, que se debió más a la campaña realizada para convencer a los votantes que por el incremento de precios en sí.

“Esta propuesta trata de cobrarles por su comportamiento, lo mismo que los fumadores por el coste que suponen para la sanidad pública o los que consumen gasolina por contaminar”, indica a Yahoo Finanzas Sofía Villas-Boas, profesora del Departamento de Agricultura y Recursos Económicos de la Universidad de Berkeley. “Los impuestos son una solución. Otra puede ser la educación”.

Las compañías de bebidas azucaradas utilizan todas las tácticas en su mano para tratar de evitar la implantación de impuestos a sus productos. Foto: Getty Images.

Las empresas se niegan

Aún así, ninguno se atreve a vaticinar cuánto puede tardar en implementarse una idea como la que defienden. Villas-Boas explica que las grandes multinacionales como Coca-Cola (KO) han sido “muy astutas” a la hora de combatir estos gravámenes y que no duda de que seguirán en la pelea para evitarlo.

William Dermody, portavoz de la Asociación Americana de Bebidas, sostiene que las sodas se han convertido en el blanco injusto de muchos ataques. Opina que hay una manera mejor de reducir el consumo infantil de azúcar que aplicar un impuestos sobre las Coca-Colas o los Sprite: “Poner a los padres al volante para decidir lo que es mejor para sus hijos”.

Mientras, dos de los grandes pesos pesados del coletivo médico en EEUU, La Academia de Pediatría y La Asociación Americana del Corazón, pidieron en marzo a los legisladores de todo el país que se aplique el impuesto a las sodas y que se etiqueten las latas con advertencias sobre los efectos adversos para la salud. Saben que será una batalla difícil de ganar contra un monstruo que cada año invierte 800 millones de dólares en márketing, pero lentamente van ganando terreno.

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