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La forzaron a desaparecer de Hollywood y terminó haciendo algo drástico para volver

·6 min de lectura

Lee Grant es una actriz estadounidense que estaba destinada a vivir una vida de fama y glamur. O al menos así se lo inculcaron sus padres que transmitieron en ella el sueño inmigrante de cumplir los deseos en América. En su caso, que fuera una estrella de cine. Debutó en teatro siendo muy joven para plantarse en Hollywood con pies de plomo y con un futuro prometedor por delante. Participó en clásicos como Shampoo y La antesala del infierno, ganó un premio Óscar y estuvo nominada en otras tres ocasiones, trabajó junto a figuras destacadas de su época como Warren Beatty, Julie Christie y Kirk Douglas… pero nadie conoce su edad.

Un detalle que ella misma ha mantenido en secreto, incluso todavía a sus supuestos 94 o 96 años (no se sabe a ciencia cierta), ante la opresión que Hollywood siempre impuso sobre el paso del tiempo en las mujeres de la industria. Sin embargo, el caso de Lee Grant es mucho más profundo tras haber perdido una década de su vida enterrada en el olvido. Y a la fuerza.

Lee Grant en SiriusXM Studios el 2 de junio de 2017 en la ciudad de Nueva York. (2017 Robin Marchant, Getty Images)
Lee Grant en SiriusXM Studios el 2 de junio de 2017 en la ciudad de Nueva York. (2017 Robin Marchant, Getty Images)

Nacida un 31 de octubre de los años 20 como Lyova Haskell Rosenthal, comenzó su carrera como bailarina de ballet para poco a poco ir haciendo sus pinitos en el circuito teatral de Nueva York, hasta que en 1949 el éxito tocó a su puerta con la adaptación de La antesala del infierno en Broadway. Dos años más tarde saltaba al celuloide con el mismo papel en la versión cinematográfica junto a Kirk Douglas, llamando la atención de la industria al recibir su primera nominación al Óscar como actriz de reparto y ganar el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes. Lo suyo era un ascenso meteórico en toda regla pero nadie la había preparado para la sorpresa que el destino le tenía guardada.

Poco después del éxito de su primera película, su nombre entró en la lista negra de Hollywood durante 12 años. A partir de 1947, el Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes citó a actores, directores y escritores con la intención de descubrir si la industria estaba adoctrinando a los estadounidenses con ideología comunista. De aquí surgió la famosa lista de los Diez de Hollywood que fueron sentenciados por desacato y la extensión de la famosa lista negra que afectó a cientos de artistas dejándolos sin trabajo. Lee Grant no tenía ningún interés en el comunismo ni tampoco entendía su filosofía, pero la asociación con su marido -el escritor Arnold Manoff que sí era abiertamente comunista- la sentenció. Su nombre entró en la dichosa lista cuando se negó a testificar en contra de su esposo y después de dar una apasionada urología en honor al actor J. Edward Bromberg, que había sido miembro del partido.

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Mientras algunos guionistas trabajaron bajo seudónimos (como el famoso caso de Dalton Trumbo), Lee Grant tuvo que ver cómo Hollywood le cerraba las puertas de la noche a la mañana. Según dijo en una entrevista con CBS de 2014, no trabajó en cine ni televisión desde los 24 a los 36 años. Una etapa que debería haber servido para afianzar su posición, explorar su talento con diversos personajes y disfrutar de su juventud haciendo lo que amaba. “Desde ese día, durante 12 años, no pude trabajar de nuevo en cine y televisión” recordaba la actriz en la entrevista mencionada.

Durante esta etapa, Lee se buscó la vida en obras de teatro esporádicas, papeles desapercibidos en televisión y dando clases de arte dramático. Más de una década alejada de aquello para lo que se había preparado en instituciones tan prestigiosas como la Escuela Juilliard o el Actors Studio. Y cuando por fin llegó la oportunidad de interpretar un papel importante en una obra tenía 32 años. El tiempo había pasado, ya no era la mujer de apariencia juvenil que había llegado a Hollywood con la frescura de su edad como carta de presentación. Ahora era una mujer que había vivido decepciones y penurias, con experiencia vital y madre de una niña. Debía volver a enfrentarse al escrutinio público con el paso del tiempo reflejado en su rostro y decidió engañar al mundo sometiéndose a un lifting. Desde entonces nunca ha dado a conocer su edad exacta, viviendo el resto de su carrera bajo las apariencias que la cirugía le permitía esconder.

El papel en cuestión era el de una mujer más joven que ella, de 26 primaveras, y estaba convencida de que su aspecto no le permitiría conseguir el personaje. “Me miré en el espejo y supe que no pasaría” dijo recientemente a Page Six. “Había pasado años sin cuidarme y alguien me encontró un doctor maravilloso y cuidadoso que lo subió todo. Y funcionó” sentenció.

Fue recién a mediados de los 60 que su abogado consiguió borrar su nombre de la lista negra. Para entonces ya se había divorciado, su ex había fallecido de un ataque cardíaco y dependía de ella sacar adelante a su hija. Pero volvía con un retoque en el rostro que le ayudaba a aparentar algunos años menos, engañando a esa industria que jubilaba a las mujeres antes de tiempo.

Desde ese momento no le faltó trabajo, recibiendo varios ofertas laborales para volver a trabajar ante las cámaras. La serie Peyton Place fue el punto de partida, valiéndole un premio Emmy como actriz de reparto en drama, continuando con la victoria en los Óscar de 1976 por Shampoo con Warren Beatty y su cuarta nominación un año más tarde por El viaje de los malditos. Estaba decidida en recuperar el tiempo perdido. Y una de sus motivaciones principales era la sed de venganza contenida por los 12 años de trabajo que le habían arrebatado. Aunque no fue fácil.

El paso del tiempo fue su peor enemigo. Esos años de juventud perdidos a la fuerza la llevaron a obsesionarse con su aspecto, queriendo mostrarse lo más joven posible ante la cámaras tras su regreso. Era consciente de la fobia de la industria con las mujeres pasados los 40 y de la jubilación forzada que podían imponer sobre ella. Pero quería trabajar como actriz, y no iba a permitir que volvieran a desterrarla por algo tan injusto como la edad.

Me convertí en mi peor enemigo, traumatizada en el escenario y obsesionada con permanecer joven para poder seguir trabajando en cine” dijo en sus memorias publicadas en 2014. “Una mujer de cierta edad no interpreta películas o televisión, nos patean o nos expulsan. Y yo era una mujer de cierta edad aterrada por encontrarme sin empleo de nuevo”.

El miedo a que se revelara mi edad se convirtió en el foco neurótico de mi vida”, escribe en su libro. “Hoy, con Internet, estaría acabada”. Es más, escribe que no piensa decir el número en las páginas de sus memorias. "Siempre pueden buscarlo" sentencia.

Por esa presión se sometió a la cirugía. No por pura vanidad, sino por el deseo de mantenerse en activo cuando la política de su país ya le había robado años de juventud. Desde entonces su rostro es el reflejo de otros aparentes procedimientos, aunque ella nunca ha dato más detalles por mucho que existan sitios web que intentan descifrar las intervenciones (no hay más que buscar su nombre que aparecen decenas de páginas dedicadas a analizar el antes y después de su imagen).

Lee Grant logró seguir trabajando en cine y televisión, expandiendo su voz con más fuerza a través de la dirección de obras, películas y documentales. Incluso ganó el Oscar a mejor documental en 1986 con su exploración de la pobreza en Down and out in America.

Y a sus 90 y pico de años es, sin duda, una leyenda viviente del séptimo arte.

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