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Julio Robles, 20 años de su muerte

Agencia EFE
·3 min de lectura

Valladolid, 14 ene (EFE).- Entre Fontiveros, la llanada de los místicos abulenses donde nació Julio Robles, y Ahigal de los Aceiteros, cerca del Duero salmantino donde reposan sus restos, median 170 kilómetros de una orografía de diverso pelaje: amable y tortuosa como la vida del diestro fallecido hoy hace veinte años.

En Fontiveros, donde su padre oficiaba de secretario municipal, se asomó al mundo y en La Fuente de San Esteban (Salamanca), en un nuevo destino de su nómada progenitor, le cegó el brillo de la tauromaquia que no dejó hasta su fallecimiento el 14 de enero de 2001, a los 49 años y después de diez de tetraplejia.

En La Fuente de San Esteban, entre el Huebra y el Yeltes, ríos de bravura, arrinconó los libros, trabajó de camarero y se aficionó a los toros en el epicentro de las principales dehesas del Campo Charro: Encinasola de los Comendadores, Robliza de Cojos, San Martín de Yeltes, Pozos de Hinojo, Campocerrado...

Desde "Clarinero", el toro de su alternativa, hasta "Timador", el astado que le recluyó en una silla de ruedas de por vida, se cuentan hasta diecinueve temporadas como matador de una alternativa de la que el próximo se celebrarán cincuenta años, todo un peregrinaje preñado de altibajos que muy al final encontró velocidad de crucero.

Once años de doctorado le costó trasponer el umbral de la Puerta Grande de Las Ventas, el cielo del toreo, que conoció en 1983 y a la que siguieron otras dos volandas, en 1985 y 1989, hasta situarle como uno de los consentidos de la afición de Madrid que le prohijó e incluyó en su nómina de predilectos.

Circuló en una de las épocas más difíciles del toreo, aquella generación que hizo de bisagra entre el ocaso de veteranos maestros de los años sesenta y setenta, entre ellos Paco Camino y su admirado Santiago Martín El Viti, y la emergencia de valores que no daban tregua como Paquirri y su amigo El Niño de la Capea, pero también José María Manzanares y Dámaso González, entre otros.

Apenas veinte años contaba Julio Robles cuando fue doctorado en Barcelona por Diego Puerta en presencia de Paco Camino, y veintiuno cuando se presentó como matador ante la cátedra madrileña avalado por Antonio Bienvenida y Palomo Linares.

De todos ellos asimiló sus principales rasgos que sintetizó con un sello personal: el coraje de Diego Puerta, la sabiduría de Paco Camino, la pureza y el clasicismo de Bienvenida, y el denuedo de Palomo.

Poco pudo disfrutar de ese sincretismo, tan sólo las cinco temporadas comprendidas entre 1985, el año de su segundo portazo en Madrid, y 1990 cuando el infortunio le visitó en Beziers (Francia) a través de "Timador", de la ganadería de Cayetano Muñoz, que tronzó su vida torera y le recluyó de por vida en una silla de ruedas.

Julio Robles no dimitió de la vida y se volcó en su ganadería de reses bravas (La Glorieta), toreó en el campo sentado en su pedestal, recogió el cariño de la afición en dos memorables homenajes celebrados en 1992 (Salamanca y Madrid), recibió homenajes en España, Francia y Reino Unido, y se dejó ver en las plazas como espectador, principalmente en Salamanca, acomodado en el búnker de la enfermería.

Falleció el 14 de enero de 2001, hoy hace veinte años, víctima de una peritonitis y sus restos descansan en el cementerio municipal de Ahigal de los Aceiteros (Salamanca), donde el Duero se atrinchera en el abrigo rocoso de Las Arribes, el pueblo de sus padres.

Cada año antes de comenzar la temporada, los aficionados, profesionales y autoridades municipales recuerdan a Julio Robles con una ofrenda floral delante del monumento dedicado a su figura, erigida en la explanada de La Glorieta, la plaza de sus éxitos y que este año también, a pesar de la pandemia, será renovada una vez más en un acto que en esta ocasión tendrá lugar este sábado 16 de enero.

Roberto Jiménez

(c) Agencia EFE