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El lado oscuro del coche eléctrico que nadie había previsto: la desigualdad social

La preocupación popular por el medio ambiente es uno de los cambios más importantes que hemos vivido en las últimas décadas. Los efectos del cambio climático acelerado por el ser humano ya están ocurriendo y se están volviendo cada vez difíciles de ignorar. Por ejemplo, el Mar Aral era el cuarto mayor lago del mundo en 1960, pero actualmente su superficie se ha reducido un 40% y su volumen un 20%. Para mitigar el impacto de la actividad humana sobre el planeta, hemos desarrollado productos y fuentes de energía alternativas. Se estima que un 66% de la población general y tres de cada cuatro miembros de la ‘generación y’ (comúnmente conocidos como ‘millennials’) están dispuestos a pagar más por estas alternativas. Pero hay un límite.

Los coches contaminan. Es evidente. Por ello se han diseñado modelos para contaminar muchísimo menos y así proveer a la población con un transporte privado más ético. En particular, los coches híbridos (como el Prius de Toyota) o los eléctricos (como los de Tesla) son alabados como alternativas ecológicas que resultan muy atractivas para los conductores. Estos vehículos aportan beneficios a las ciudades, como un aire más limpio y menos ruidos, entre muchos más. Esto no significa que no contaminen: tanto directamente, al consumir energía eléctrica, como indirectamente, en su producción, se generan emisiones, pero significantemente menores que con los coches tradicionales.

Foto: Un hombre conecta el cargador a un coche eléctrico. EFE/Archivo

Sin embargo, hay ciertas injusticias éticas y de equidad social que el sector debe abordar. Un estudio llevado a cabo por investigadores de las universidades de Sussex (Reino Unido) y Aarhus (Dinamarca) revela preocupación respecto a los coches eléctricos en los países nórdicos, los cuales destacan por su implementación de esta tecnología (tienen el mayor porcentaje de penetración de coches eléctricos en el mundo con respecto a su población con un 10,6%). La crítica más común es que estos vehículos no son asequibles a la población general.

La percepción de estos vehículos es que son accesorios de ‘postureo ético’ en el mejor de los casos, o un símbolo de estatus económico, en el peor de los casos. Estas observaciones no son nuevas: ya en el 2006, el programa satírico estadounidense South Park se burlaba de dueños de Prius, caracterizando a los conductores de estos coches híbridos como hipócritas y desinteresados en el medio ambiente, causando ‘smug’ (‘arrogancia’ haciendo un juego de palabras con la palabra ‘smog’). Los entrevistados en el estudio sienten que se está generando una atmósfera de exclusión y elitismo que, junto con los precios altos, disuaden a otros potenciales compradores.

¿Esta percepción está basada en la realidad? Los entrevistados para el estudio fueron pocos (277), y critican a Tesla por vender coches inaccesibles. Sin embargo, lo cierto es que, incluso con ayuda estatal, los coches eléctricos pueden costar entre 5.000 y 13.000 euros más que sus equivalentes en gasolina, aunque a largo plazo uno mitigue este suplemento de precio ahorrando combustible.

Otro tipo de problemas

A esto se le suma el hecho que a menudo parte de la contaminación evitada al conducir el coche se desplaza a la fabricación de las baterías que los abastecen, y puede perjudicar la creación de empleo, como los servicios mecánicos, lo cual afecta sobre todo a personas menos adineradas.

Como la industria creciente del coche eléctrico produce más desigualdad social que la del coche tradicional, es importante abordar este problema para que el sector se desarrolle de manera ética. Los investigadores sugieren varias medidas para este fin: desarrollar más la infraestructura de recarga pública, adaptar el transporte público más a la energía eléctrica, fomentar iniciativas de entrenamiento técnico para energías renovables, incentivar la coordinación entre el Estado y las empresas para hacer más asequibles los vehículos, o reducir los costes y contaminación en la producción, entre otras.

Una transición responsable a la energía renovable y a otras prácticas de consumo ecológico requieren mucha dedicación por parte de varios participantes. Lo mejor que podemos hacer nosotros, los consumidores, es informarnos sobre las ventajas de las alternativas, aprovechar las que nos sean accesibles, e incentivar a las compañías y a los gobiernos a hacer cambios positivos.

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