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El brutal doble impacto de las olas de calor en España: ecológico y económico

Una familia se baña en una fuente de Valencia durante la última ola de calor que ha golpeado a España. Foto: JOSE JORDAN/AFP/Getty Images.

Cuando se habla del impacto del cambio climático, muy a menudo se menciona la repercusión negativa que tiene y que tendrá sobre el medio ambiente. El agotamiento de recursos naturales, el terreno perdido a causa del crecimiento del nivel del mar y los fenómenos meteorológicos desastrosos están entre las preocupaciones más temidas. Las consecuencias en las diversas economías del mundo han forzado poco a poco hasta a los más conservadores a adoptar medidas para limitar su impacto ecológico.

Sin embargo, hay un efecto del cambio climático sobre el ser humano que no se discute tanto como se debería. Como animales de sangre caliente, somos relativamente capaces de regular nuestra temperatura interna (con un punto óptimo aproximado de 37°C), pero esta característica tiene sus límites. Cuando la termorregulación lleva mucho esfuerzo debido a la permanencia en un ambiente de temperaturas mayores a los 35°, comenzamos a sentir un malestar que se denomina ‘estrés térmico’.

Para nuestra salud, esta sensación puede resultar en una erupción cutánea, deshidratación, calambres, agotamiento, entre otros, así como efectos mucho más graves para quienes tienen ciertas condiciones previas, como enfermedades respiratorias, cardiovasculares, diabetes u obesidad. Y, en casos de insolación, puede ser fatal.

Será como perder empleos

Además, también tiene un impacto económico que no se puede ignorar: se estima que causará unas pérdidas globales de 2.140 millones de euros en el año 2030. Según un informe de la Organización Internacional de Trabajo (OIT), esto se debe a una severa pérdida de productividad, comparable a 80 millones de empleos a tiempo completo. En el mejor de los casos, la ‘incomodidad’ del estrés térmico sólo desconcentra, pero para algunos tipos de trabajos, puede ocasionar un accidente laboral serio. En Europa, a España le tocaría padecer enormemente, con una pérdida de productividad estimada equivalente a 7.700 trabajadores, la mitad del impacto estimado en toda la zona sur del continente.

Una mujer bebe agua para combatir el calor en Sevilla. Foto: CRISTINA QUICLER/AFP/Getty Images)

Lógicamente, el sector agrícola (el cual contribuye un 2,6% del PIB), por su naturaleza exterior, sería el más afectado. De hecho, se calcula que, en el 2030, concentraría el 60% de las horas de trabajo perdidas globalmente, afectando a la mayoría de los 940 millones de agricultores alrededor del mundo. La construcción (sector que aporta más del 5% del PIB) concentraría el 19% de la productividad perdida. A su vez, los países menos desarrollados se verán entre los más afectados, en particular Asía Meridional y África Occidental, agravando los fenómenos migratorios.

Estimaciones conservadoras

Sí se tiene en cuenta el hecho de que la OIT ha basado sus proyecciones en los cálculos más conservadores del aumento de la temperatura global (1,5° más al final del siglo), los pronósticos son aún más preocupantes. Ana García, presidenta de la Comissió d’Economia i Sostenibilitat del Collegi d’Economistes de Catalunya, sostiene que se debería hablar de “aumentos de entre 3°C y 5°C en comparación con los niveles preindustriales”.

Estas olas de calor que estamos sufriendo, superando los 40° en varias regiones, no es del todo natural. Es en gran parte antropogénica, exacerbada por la actividad humana. Su intensidad es mayor de lo usual y, según un análisis del grupo World Weather Attribution, su frecuencia también, ya que la probabilidad de que vuelva a ocurrir es cinco veces mayor de lo normal. Tanto individualmente como a nivel corporativo y gubernamental, se deben tomar cada vez más medidas para mermar el impacto que estamos teniendo en la temperatura global.

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