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David Jiménez: "Estaba más cómodo de corresponsal en Afganistán que en el despacho del director"

·9 min de lectura
El periodista David Jiménez. (Photo: Héctor Vila)
El periodista David Jiménez. (Photo: Héctor Vila)

David Jiménez (1971) le pegó un revolcón al periodismo patrio con El director (Ed. Libros del KO), donde cuenta los entresijos del año que pasó al frente del diario El Mundo.

Si en su anterior libro habla de las presiones —tanto políticas como empresariales— a las que se ve sometido el director de uno de los periódicos más importantes de España, en El corresponsal (Ed. Planeta) se centra, de manera ficcionada, en sus años como reportero de guerra.

Miguel Bravo es un aguerrido periodista que aterriza en Birmania, “el país más bello y triste jamás inventado”, en plena Revolución del Azafrán. En El corresponsal, Jiménez plasma sus experiencias personales tras 20 años como enviado especial en zonas en conflicto en una novela en la que hay pasión, muerte, intrigas, envidias y periodismo, mucho periodismo.

Jiménez le dedica el libro a corresponsales como Ricardo Ortega —asesinado en Haití en 2004 cuando trabajaba en Antena 3— que murió mientras le contaba el mundo y sus complejidades a personas que están a miles de kilómetros.

Portada de 'El corresponsal'. (Photo: PLANETA)
Portada de 'El corresponsal'. (Photo: PLANETA)

- ¿Cómo se vive mejor? ¿Siendo corresponsal o director de un medio?

Estaba más cómodo como corresponsal en Afganistán que en el despacho del director. Cuando estás de corresponsal por lo menos sabes por dónde te vienen las balas y quién es el enemigo. Luego, cuando te metes en cosas de poder es mucho más ambiguo todo. Director fui solo un año y corresponsal 20. El mundo de los corresponsales ha sido más mi mundo que el de director.

- ¿Un corresponsal, cuando está en una zona de guerra, quiere que pasen cosas malas para poder tener una buena historia?

El cinismo del reportero. Vivimos de que pasen cosas. Cuando uno se sienta a escribir una novela de corresponsales es muy fácil caer en estereotipos y en la mitificación de los corresponsales. En esta novela salen las luces —la aventura, las pasiones y los peligros que viven los corresponsales— pero también he querido sumergir a los lectores en el lado humano de esos corresponsales que traicionan, tienen rivalidades, se enamoran y tienen sus triunfos y sus fracasos profesionales. La contradicción del corresponsal es que vive de las desgracias de los otros y eso puede llevarte al cinismo.

- En la novela narra la muerte de un compañero.

La novela está inspirada en hechos muy reales, incluida la muerte de Kenji Nagai, un periodista japonés al que mataron a pocos metros de donde yo estaba. Eso siempre me ha acompañado, en el sentido de que podría haber sido yo el que hubiera recibido esa bala.

Al recrear el mundo de los corresponsales la realidad te lo da todo. Son personas que viven al límite, en peligro. Todo lo que hacen cobra una intensidad especial porque al día siguiente podrían morirse.

- En la novela se retrata, casi de forma cinematográfica, esos bares de corresponsales: ¿de qué se habla cuando uno está en medio de una guerra?

Los bares de corresponsales han desaparecido, los he recuperado para la novela por lo evocativos que son. Son lugares de rivalidades, de tensiones, de envidias, de ligue. Eran lugares donde tenías un oasis al final del día donde compartir tus penas y tus glorias.

- Hablabas antes del cinismo de los reporteros de guerra. Por lo que se cuenta en la novela, parece que los corresponsales trabajan por el Pulitzer más que para informar.

En la novela se dice que los reporteros buscan la gloria pero que no tienen intención de compartirla. Es un mundo competitivo donde hay rivalidad, donde uno quiere que su exclusiva se lea al día siguiente en todo el mundo y eso genera unas dinámicas y unas tensión. Luego hay compañerismo, no es todo malo. Se crean y se forjan amistades muy importantes porque cuando todos estáis en peligro hace falta una camaradería que te puede salvar a ti y a los demás.

En ese mundo hay de todo: desde el cínico descreído al joven que llega nuevo lleno de entusiasmo, idealismo y convencido de que con el periodismo va a cambiar el mundo. Hay un choque entre esos dos perfiles en la novela.

David Jiménez sostiene un ejemplar de 'El Corresponsal'. (Photo: HÉCTOR VILA)
David Jiménez sostiene un ejemplar de 'El Corresponsal'. (Photo: HÉCTOR VILA)

- Se suele mitificar al reportero de guerra pero detrás también hay relaciones tormentosas, padres ausentes, maridos ausentes...

Los corresponsales, a menudo, son gente inadaptada a la vida cotidiana. Es muy difícil estar cubriendo conflictos, dramas, injusticias en el mundo y de repente quitarte el traje de corresponsal y que nada de eso te afecte. A uno de los personajes principales le ocurre eso: va a la guerra y cuando regresa después de ver el horror está en un supermercado y se siente como un extraterrestre en un mundo normal.

- ¿Te espiaron alguna vez siendo corresponsal?

Sí, en varios de los países me sentí espiado, me detuvieron, he pasado noches en el calabozo. En Corea del Norte llevaba dos espías conmigo que me seguían a todos lados. En Birmania tuve pruebas, cuando cubría la Revuelta del Azafrán, hablabas por teléfono y te estaban escuchando. Lo descubrías porque de repente bajabas al hotel y te comentaban algo que habías dicho. En las dictaduras casi siempre tienes ese tipo de espionaje y, sobre todo para los periodistas locales, represión, detenciones y, como vemos en México y otros países, asesinatos.

- ¿Y como director?

¿Me preguntas si me han espiado?

-Sí.

Estamos en el país de Villarejo donde uno todo lo que dice puede ser, no solo escuchado y grabado, sino utilizado en tu contra. En España ha habido unos años de cloacas y de intrigas en la política pero también el periodismo, donde mucha gente ha grabado a mucha gente para utilizar esa información después como moneda de cambio. Es uno de los riesgos de ejercer el periodismo en España, pero más leve del que sufren los reporteros en Birmania, donde ahora hay decenas pudriéndose en la cárcel.

¿Es más jungla la guerra o los pasillos del Congreso?

El Congreso más que una jungla es el barro. Tenemos políticos que no aportan nada más que insultos y reyertas. A mí me ha interesado siempre lo internacional porque hay un mundo fascinante que contar a la audiencia. Países como Birmania, que han inspirado este libro, están abandonados. Es un país maravilloso con una belleza increíble sometido a una dictadura totalitaria surrealista donde el general es asesorado por una vidente enana que le aconseja llevar la capital en medio de la jungla. Me parece que hay cosas más fascinantes fuera por eso me fui de corresponsal. Me parecía que las cosas importantes iban a pasar lejos de los pasillos del Congreso y me lancé a una aventura de 20 años sin la cual habría sido imposible escribir este libro.

- ¿Qué parte de responsabilidad tiene el periodismo de este barrizal?

Después de haber escrito El director, donde contaba la jungla del poder y del periodismo en España, me apetecía escribir una novela donde, contando verdades, también entretuviera. Tengo la sensación, a veces, de que el periodismo en España no tiene remedio. Hay excepciones pero, en general, el periodismo ha adoptado todos los males y defectos de la política: sectarismo, información de trincheras y contaminación ideológica de todas las informaciones. Ha llegado el momento de una regeneración, y con urgencia, porque estamos perdiendo la confianza de la audiencia, los oyentes y los espectadores. Cada día que pasa sin que limpiemos nuestra casa y nos regeneremos en un periodismo más ético más difícil va a ser recuperar la credibilidad y la confianza de la gente.

David Jiménez sostiene un ejemplar de 'El Corresponsal' en la Puerta del Sol. (Photo: HÉCTOR VILA)
David Jiménez sostiene un ejemplar de 'El Corresponsal' en la Puerta del Sol. (Photo: HÉCTOR VILA)

- ¿Cómo se hace eso?

Empecería por hacer un periodismo honesto, riguroso, sin ideologías, que no sea de parte y que no este vendido a poderes ideológicos y políticos. Uno se mete a periodista para contar la verdad, no para servir a un partido, a una ideología o a un empresario. El periodismo solo lo es estando al servicio de la gente y es un servicio público, seas un medio privado o no. El objetivo es el mismo, poner ese periodismo al servicio de los ciudadanos, cuando está al servicio de otros intereses no es periodismo, es propaganda o relaciones públicas.

- En libro llama a la redacción “el cementerio” porque es “el lugar en el que mueren las ilusiones”. ¿Como director de El Mundo intentaste algo para evitar que esto fuese así?

Sí, pero no lo conseguí. El hecho de que me despidieran un año después demuestra que fracasé en el intento. Las redacciones tienen gente estupenda y grandes periodistas y otros no tan estupendos pero son lugares hostiles donde hay rivalidad, hay puñaladas, hay compañerismo, no todo es negro o blanco. Todo eso ocurre también en la novela porque los periodistas son personas y tienen sus fracasos, sus triunfos, sus amistades, sus traiciones, sus relaciones sentimentales. Todo eso se vive con una intensidad mayor cuando te estás jugando la vida, cuando todo a tu alrededor está también al límite. De ahí que crea que el mundo que yo viví dé tanto juego para contar una historia de aventura y de peligro pero también de debilidad y fortaleza de la condición humana.

- ¿Qué presiones se aguantan mejor? ¿Las de la guerra o la de los políticos cuando se dirige un medio?

Aguanté mejor las de la guerra. Las presiones del corresponsal, al final, si te pasa algo eres tú el que asume las consecuencias. Cuando eres director de un periódico hay 300 empleados y 300 familias y tus decisiones les pueden afectar. Es un peso que yo sentí de una manera mayor en el cargo de director que de corresponsal.

- ¿Con cuál de los dos puestos te quedas?

No hay duda. El mejor puesto de un periodista es el de corresponsal. Lejos de tus jefes, viviendo grandes aventuras, conociendo a gente fascinante y siendo testigo de los grandes acontecimientos del mundo.

- Como director, ¿qué trato tenías con tus corresponsales?

Fue curiosa. Cuando llegué al cargo y la sección de internacional me decía “oye, queremos mandar a Siria a este periodista” yo me resistía más que ningún otro director que hubiera estado al frente de El Mundo. Me decían “pero vamos a ver, si has sido el primero que has estado metido en esos líos, te han estado a apunto de matar aquí, te quedabas hasta el final y cuando te decían que te marcharas te negabas” pero precisamente porque había vivido todo eso me costaba muchísimo enviar a la guerra a mis periodistas. Entiendo que la gente en la redacción pensara que eso era una contradicción: el corresponsal de guerra que no quiere enviar, ahora que puede hacerlo, a sus periodistas.

- ¿Cómo llevaste las críticas por escribir El director? ¿Te arrepientes de algo de ese libro?

El director ha envejecido mucho mejor que sus críticos. Con el paso del tiempo se ha hecho un libro donde todo lo que se decía se ha demostrado más verdad que el día de la publicación. En cuanto a las críticas, sería extraño que un libro que critica de una manera muy dura al establishment periodístico que la gente que pertenece a ese establishment te mandara flores y bombones a casa. El director cabreó a quien tenía que cabrear y gustó a quien tenía que gustar. El corresponsal creo que va a gustar a todo el mundo y no me creará enemigos. Aunque nunca se sabe.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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