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Katya Dorozhkina

Crecí en la Unión Soviética, en un momento de agitación política y económica. Mis papás no tenían mucho dinero, así que mi infancia estuvo llena de herencias. Heredé los libros viejos de mis hermanos mayores, su ropa, sus pantalones, incluso sus calcetines, el tipo de calcetines tejidos que te ayudan a mantenerte caliente en el frío invierno. Tuve unas cuantas muñecas que adoraba, aunque no podíamos darnos el lujo de comprarles vestidos nuevos. Así que usé la ropa de mis hermanos para algo diferente: los cortaba y con ellos hacía ropa para mis muñecas. Me tomó años darme cuenta de lo que realmente había hecho. No sólo estaba vistiendo una muñeca, me estaba enseñando a mi misma a encontrar el potencial en las cosas que los demás pasaban por alto.

Imagen: Katya Dorozhkina vía LinkedIn

Hace una década, salí de Rusia determinada a hacer algo más que casarme, lo que era la expectativa cultural de mi viejo mundo. En lugar de eso, yo quería seguir desbloqueando potencial. Estudié economía y marketing en la universidad, me mudé a Nueva York para trabajar en Wall Street, lo dejé para empezar mi propia agencia de marketing y publicidad, y unos años después vendí la agencia. Eso me dio el dinero suficiente para convertirme en inversionista, y decidí que era momento de desbloquear el potencial de otros. En 2015, lancé una aceleradora y firma de capitales de riesgo llamada Starta Ventures, dedicada específicamente a ayudar a fundadores extranjeros. Luego hice la Fundación del Emprendimiento Inmigrante para generar consciencia sobre los desafíos a los que se enfrentan los fundadores extranjeros, así como una empresa de fintech, VentureBox, para ayudar a más emprendedores como yo a hacer crecer sus negocios de manera redituable.

Hace unos años, viajé de regreso a Rusia para visitar a mi familia. Mi hija menor viajó conmigo, y encontró mis muñecas… aún con esos vestidos que les confeccioné de pantalones y calcetines viejos. Mi hija no podía creer lo que veía. Así que le expliqué por qué iban vestidas así, y le conté sobre lo ingeniosa que había tenido que ser cuando era niña. Esos fueron los momentos, por poco glamorosos que parezcan, que me ayudaron a desarrollar mis músculos empresariales. Al ver y escuchar mi historia, ella también tuvo una nueva perspectiva: se dio cuenta de que puede crear cualquier cosa que quiera.

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