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Covid-19: La diferencia entre Gobiernos que contribuyen al contagio en el transporte y los que no

Gonzalo Aguirregomezcorta
·6 min de lectura
Pasajeros sin medidas de protección a punto de entrar a un autobús de Londres. (Getty Images)
Pasajeros sin medidas de protección a punto de entrar a un autobús de Londres. (Getty Images)

Uno de los mayores retos de la desescalada es la de evitar aglomeraciones de pasajeros que usan las diferentes redes de transporte público, trenes de media y larga distancia e incluso aviones. Son varias las imágenes que se han quedado grabadas en nuestra retina durante más de dos meses de estado de alarma tanto a nivel nacional como global.

Quizás las primeras que causaron indignación fueron las publicadas el lunes posterior al anuncio del confinamiento de la ciudadanía española. El 16 de marzo fue el primer día laborable y Madrid vivió escenas dantescas en plena hora punta. Vagones y arcenes llenos, y la inexistente distancia de seguridad en unos momentos iniciales marcados por la desinformación gubernamental, la confusión, el escepticismo y la irresponsabilidad de la población y de las empresas no esenciales que les obligaron a acudir a sus puestos de trabajo.

Más impactantes fueron las imágenes del vuelo que salía de la capital española a Gran Canaria el 11 de mayo, las cuales mostraron un avión repleto de pasajeros en pleno estado de alarma y con casi 27 mil fallecidos por coronavirus y alrededor de 270 mil diagnosticados en España. La aerolínea avisó a sus pasajeros de que el nivel de casi plena ocupación de la aeronave no era ilegal e invitó a los que no estaban de acuerdo a que se bajasen. Nadie accedió a abandonar el aparato antes de que despegara. Otro vuelo que cubría la ruta Ibiza-Palma de Mallorca también ha sido denunciado por no cumplir con las medidas de seguridad. Fue acusado de dar mayor prioridad a la ocupación de asientos que a la salud de sus clientes y de su tripulación.

Si las imágenes del vuelo Madrid-Gran Canaria dieron la vuelta al mundo, las de la ruta entre el Norte del estado de Queensland y Brisbane en Australia no dejaron indiferentes a nadie y fueron un ejemplo sobre qué es lo que no se debe hacer si se pretende evitar la propagación del virus. En este sentido, Reino Unido es uno de los lugares que más imágenes de irresponsabilidad está dejando, por ello, la indignación de parte de la población no se ha hecho esperar.

El balance entre regresar a la normalidad y acostumbrarse a vivir en una situación de prudencia constante es un reto para los Gobiernos, para las gestoras de transporte público, para las compañías aéreas, para los trabajadores - también para sus empleadores - y para los viajeros en general. Se trata de un desafío que tienen todos los países en el que existe un frágil equilibrio entre la capacidad de los Gobiernos a que sus consignas sean bien explicadas - y comprendidas - su obligación a implementar medidas de prevención y la responsabilidad social necesaria para que el virus no se extienda. Las diferencias entre países en todos estos aspectos son notables.

En Reino Unido aplauden con envidia el que en España se estén repartiendo mascarillas gratuitas a los usuarios del transporte público. Los niveles de desinformación de los británicos durante la relajación de las medidas de confinamiento está provocando una confusión parecida a la de los primeros compases del aislamiento social. Son muchas las contradicciones en las decisiones del primer ministro, Boris Johnson, y una de ellas es la de permitir a la sociedad acudir a sus puestos de trabajo y, a la vez, recomendar encarecidamente que no se use el transporte público, algo que refleja las pocas garantías de salubridad existentes. ¿Qué hacer entonces en grandes urbes como Londres, donde los autobuses y el suburbano son una extensión de gran parte de la población? Las imágenes de buses y trenes repletos hablan por sí solas y exponen a un gran sector de la población que no tiene otra alternativa más que usar esos métodos de transporte. La sensación de desprotección y de riesgo es total, algo que no sucede en otros países de Europa.

En Francia, el reparto de mascarillas y geles desinfectantes están siendo habituales durante este periodo de relajación de medidas. Además, también cuentan con un amplio número de personal en cada estación y dentro de los vagones que se encargan de asegurarse de que los viajeros guarden la distancia de seguridad. En Alemania, el transporte público está abierto a ritmo normal desde el 4 de mayo y el uso de mascarillas es obligatorio. A pesar de las fuertes medidas de higiene, el uso del transporte público en las grandes ciudades alemanas se ha reducido de un 40 a un 60 por ciento y en Berlín prefieren otros métodos de transporte alternativos. El flujo de usuarios en esta paulatina vuelta a la normalidad también está bajando en Madrid, donde este lunes 18 de mayo, durante la hora punta de la mañana se registró un 75 por ciento menor de viajeros con respecto al mismo lunes de 2019. Sin embargo, el ritmo aumenta poco a poco al producirse un incremento del 14 por ciento con respecto a la semana anterior.

Serbia es otro de los países en los que, a pesar de que las autoridades están relajando las medidas de confinamiento, no alientan a la población a usar métodos públicos de movilidad y apenas hay ciudadanos que estén usando sus trenes y autobuses. Algo que también sucede en Italia, donde se han habilitado unos 150 kilómetros de carril bici para evitar poner demasiada presión al transporte público. En Rusia, el trabajo en la desinfección en estaciones de metro es muy intenso - o al menos eso venden desde su Gobierno - aunque nada que ver con los niveles de Japón o algunas ciudades de China. En el estado de Nueva Gales del Sur, Australia, las estaciones de tren más transitadas permanecerán cerradas durante un mes más y los autobuses solamente permitirán la entrada a 12 personas.

Los países lidian con el problema del tránsito urbano y la aparente regulación al aforo de las aerolíneas con mayor o menor acierto, ejecutan los planes con más o menos claridad y lo hacen con muchas o pocas contradicciones. Es ahí, entre los polos del hacer las cosas bien o mal, donde la vuelta a la normalidad sale cara o no una población a la que no le queda otra opción que usar su propio criterio.

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