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China clama por su libertad: las claves de una protesta que empezó con el covid y toca a Xi

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China bulle. Por primera vez desde 1989, los ciudadanos -y en particular los estudiantes universitarios- están tomando las calles del país en masa. Lo que comenzó como unos disturbios puntuales por las políticas draconianas de covid cero se está convirtiendo en llamamientos más amplios por la libertad y en contra del Gobierno de partido único del presidente Xi Jinping, que justo acaba de renovar su mandato total.

El mundo mira al gigante asiático, porque exceptuando las protestas en Hong Kong, especiales por ser un territorio autónomo y una antigua colonia británica, no se había visto una tensión así desde la icónica escena de la Plaza de Tiananmen. Hasta dónde puede durar el pulso ciudadano y qué consecuencias pueden tener, nadie lo sabe por ahora.

Cómo comenzó todo

Las mayores protestas comenzaron a raíz de un incendio, el jueves pasado por la noche, que mató a diez personas en Ürümqi, la capital regional de Xinjiang. El suceso se produjo en un bloque de apartamentos que, según los locales, se había convertido en una trampa mortal como resultado de los duros meses de encierro para prevenir contagios de coronavirus. El régimen ha encerrado a millones de personas en complejos especiales o el sus domicilios, durante semanas y hasta meses, y la chispa ha saltado, literal y figuradamente.

El Partido Comunista Chino (PCCh) se ha negado a implementar vacunas de ARN mensajero, de fabricación occidental, entre su población, y en su lugar se apegó a vacunas locales menos efectivas. A eso se ha sumado que la aceptación de la vacuna no ha sido muy alta -por ejemplo, un 30% de los mayores de 60 años no tiene la tercera dosis, indispensable para que la fórmula china sea eficaz- y que la mayoría de sus 1.400 millones de habitantes nunca han estado expuestos al virus, precisamente por las férreas medidas impuestas antes por su Gobierno, que insiste en proteger a la población mayor, sobre todo. Así que cuando en el mundo parece que se pasa página de la pandemia, en China se están dando números récords de contagios.

En medio de los temores de que el coronavirus afecte al sistema de atención médica, el PCCh ha lidiado con los brotes de coronavirus confinando a millones de personas, de forma sistemática. Durante mucho tiempo. En condiciones mejorables. Los ciudadanos ya no pueden más y ahora han estallado manifestaciones en Ürümqi, Nanjing, Guangzhou e incluso en el alma mater de Xi, la Universidad de Tsinghua. También en Wuhan, donde se detectó el origen del covid-19. Las más numerosas se han producido en Pekín, la capital, y en Shanghai.

El incendio de Ürümqi fue algo puntual, sí, pero que para muchos chinos se ha planteado como un escenario de pesadilla, posible, angustioso, porque son muchos los millones que comparten esa vida hacinada, encerrada, tensa, donde todo puede pasar. No hay forma de escapar y los próximos pueden ser ellos. Aunque las autoridades locales han cuestionado las quejas sobre los encierros, asegurando que las condiciones son dignas y necesarias, eso no ha impedido que se propague la indignación pública y la ansiedad por las calles.

Las autoridades chinas niegan que el confinamiento fuera la causa del fuego pero, aún así, altos funcionarios de la ciudad emitieron una disculpa inusual el viernes por la noche y se comprometieron a “restaurar el orden” eliminando gradualmente las restricciones. Por eso, se trata de un punto de inflexión en la creciente frustración, porque ya se acumulan casi tres años de restricciones de movimiento y pruebas diarias de covid. Por eso se entiende que la ira se haya extendido a todos los rincones de China, desde las principales ciudades hasta regiones remotas como Xinjiang y el Tíbet, desde la población elitista de las ciudades a los empleados de las fábricas y los agricultores, de los mayores a los jóvenes. El cansancio es generalizado.

No sólo es el covid

Es novedosa esa corriente contestataria, tras tantos meses de obediencia, pero lo es más que, con los días, las protestas han dejado de ser sólo por las restricciones anticovid y han dado paso a una quena general que incluye al Gobierno de Xi. Es radicalmente nuevo que en las manifestaciones se pida su “renuncia” o su “dimisión”, que se coree la palabra “libertad” o se porten pancartas con el número 404, el error que dan las páginas de internet cuando no se pueden cargar por la censura impuesta desde Pekín. Intentando evitar las multas y los arrestos, y siguiendo el modelo de las protestas contra Vladimir Putin en Rusia, hay quien también ha elevado sobre su cabeza un sencillo folio en blanco, que dice todo sin decir nada.

Estas protestas son ahora una rara muestra de la ira de la gente por la represión del Gobierno en todos los ámbitos. Como ocurrió en 1989, muchos de los que protestan ahora son estudiantes, pero no sólo. Por eso pueden ser aún más peligrosas, indican corresponsales extranjeros como los de la BBC. Son numerosas y son muy claras.

Para Xi Jinping, las protestas son especialmente delicadas, ya que se producen poco después de su acceso a un tercer mandato que rompe las normas como jefe del Partido Comunista. Ha hecho nuevas reglas a su medida, ampliando y perpetuando su poder, silenciando las críticas internas, en su empeño de ser un nuevo Mao o más que Mao. Salir a las calles en masa con cientos de personas pidiendo la renuncia del presidente se creía impensable hace bien poco. Ahora queda la incógnita de saber si una disidencia más abierta y menos temerosa es capaz de tomar las riendas y ponerlo en verdaderos aprietos o si hay represión.

Por ahora, la respuesta policial están siendo relativamente comedida, precisamente para no avivar las llamas. Se ha confirmado el uso de gas pimienta en alguna de las concentraciones. Sí que se ha notado una una mayor presencia policial en el área de las protestas, con varias decenas de policías, guardias de seguridad privados y policías vestidos de civil en las calles. Amnistía Internacional ha pedido este domingo a las autoridades chinas que hagan un ejercicio de contención a la hora de abordar esta crisis.

En algunas protestas, relata el New York Times, se han visto ondear banderas nacionales y algunos chinos cantaban “Los que os negáis a ser esclavos, alzaos” -una estrofa del himno nacional chino- o La Internacional, gritando “queremos libertad”, “no queremos hacernos pruebas PCR” o “que les follen a los códigos QR”, en referencia a la obligación de escanear con una aplicación móvil los códigos QR sanitarios a la entrada de cualquier establecimiento o incluso en parques para que, cuando las autoridades detecten un contagio, puedan determinar quién ha tenido contacto con esa persona en cada momento, indica EFE. En algunas de las ciudades, grupos de personas llegaron a gritar “Abajo el Partido Comunista, abajo Xi Jinping”, una muestra pública poco habitual de desaprobación sobre las políticas del líder del país.

¿Es una muestra de unidad, de patriotismo, de crítica, de todo a la vez? Stephen McDonell, corresponsal de la BBC en China, dijo que las autoridades de ese país parecen haber “subestimado drásticamente el descontento con la estrategia de cero covid, una política que está inextricablemente vinculada a Xi Jinping, quien hace poco prometió que no se modificaría”. Para toda una generación, estas son las primeras protestas contra el régimen que presencian y que protagonizan.

De momento, ese depredador de la libertad de prensa que es China está impidiendo a los medios locales que publiquen nada sobre las manifestaciones. En un guiño al descontento público, la agencia estatal de noticias Xinhua publicó un comentario en el que pedía a los funcionarios que “brindaran la máxima comodidad” al público. Un periodista de la cadena británica BBC, el camarógrafo Edward Lawrence, fue detenido el domingo en Shanghai tras ser “golpeado y pateado” por agentes de la policía china mientras grababa la ola de protestas. “Estuvo retenido durante varias horas antes de ser liberado. Durante su detención, fue golpeado y pateado por la policía. Esto sucedió mientras se desempeñaba como periodista acreditado”, señala la cadena en un comunicado. El Club de Corresponsales Extranjeros ha reclamado que se respete el trabajo de la prensa.

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Por ahora no ha habido grandes pronunciamientos desde Occidente ante las protestas pero esta semana llega un momento importante para que, por ejemplo, la Unión Europea se retrate, ya que el jueves Xi recibe al presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, quien tiene programado un viaje a China este jueves. Habrá que ver cómo responde.

Las cifras

Las cifras de nuevos contagios de la covid batieron su récord por quinto día consecutivo después de que la Comisión Nacional de Sanidad informase hoy de 40.347 casos detectados en la víspera, de los que 36.525 (más de un 90 % del total) son asintomáticos según los estándares de la institución.

Estas cifras, bajas para los estándares internacionales pero intolerables para las autoridades chinas, se han traducido en restricciones y confinamientos que afectan a buena parte de la población capitalina, tal y como ya ha sucedido este año en otras partes del país como las citadas Urumqi o Shanghái.

La situación está afectando también a los mercados. Las bolsas chinas experimentaron pérdidas en la sesión de este lunes después de que las protestas, los enfrentamientos con la Policía y las detenciones. El mayor descenso entre los mercados chinos lo registraba el selectivo de la Bolsa de Hong Kong, el Hang Seng, con una bajada del 1,57 %. En la parte continental del país, y pese a que la prensa oficial mantiene un silencio absoluto sobre las protestas, el índice de referencia de la Bolsa de Shanghái perdió un 0,75 %, mientras que el parqué de Shenzhen hizo lo propio en un 0,69 %.

La divisa nacional, el yuan, también ofrecía hoy un rendimiento negativo, ya que la tasa onshore -negociada en mercados nacionales- caía un 0,65 % frente al dólar hacia las 16.30 hora local (08.30 GMT) en comparación con la última hora del viernes, mientras que la offshore, operada en mercados internacionales como Hong Kong, bajaba un 0,24 % a esa misma hora.

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