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Centrales que cazan CO2 para ayudar a salvar a la humanidad

El metanol tiene una gran variedad de usos. Se emplea como anticongelante, disolvente, combustible y, a través de un proceso de oxidación catalítica y disolución en agua, se puede convertir en el formol que se utiliza en el sector funerario. Junto con el éter dimetílico, el metanol constituye la base de ‘economía futura’ propuesta por los expertos preocupados por el daño y creciente escasez de los combustibles fósiles.

Gran parte de su ventaja lo indica su propio sobrenombre: ‘alcohol de madera’, ya que se puede destilar a partir de biomasa vegetal. Y ésta es sólo la manera más antigua de obtenerlo. Hoy en día, la forma más común de producir metanol es con gas metano a través de sintegas.

El país caribeño de Trinidad y Tobago es el mayor exportador, pero hay un proceso innovador que podría darle a Europa la posibilidad de desarrollar una nueva ‘economía del metanol’ y proteger el medio ambiente al mismo tiempo.

Foto: Getty

La forma sintética de obtener metanol emite dióxido de carbono (CO2), el cual, a pesar de ser casi 30 veces menos potente que el metano como gas de efecto invernadero, contamina la atmósfera por un periodo más largo. Pero resulta que el metanol también se puede producir a través del reciclaje de CO2. Y eso puede cambiar el mundo.

La empresa Everis ha iniciado un proyecto con nueve socios de toda Europa para producir metanol a partir del mismo CO2 que emitimos diariamente. El proyecto ‘MefCO2’, financiado por la Unión Europea, ya se ha puesto en marcha con una central de síntesis de metanol ubicada en Alemania, produciendo una tonelada de metanol al día y capturando más de 1,5 toneladas de CO2. Si bien no es una solución final al cambio climático, ya que es un porcentaje pequeño del CO2 total emitido por las otras funciones de la planta, tiene mucho potencial para ‘descarbonizar’ la economía de manera responsable.

El problema de la rentabilidad

La tecnología que emplean se diseña para ser aplicada a una ‘escala intermedia modular’, adaptable a diferentes plantas alrededor de Europa y diferentes composiciones de gases. Eso sí, con un coste más de 5 millones de euros, este piloto en Alemania no presenta un ejemplo muy rentable. Según Ángel Sánchez, el responsable del proyecto, el modelo tiene la posibilidad de ser rentable “de cara a una escalabilidad”, con ayudas gubernamentales, incentivos y un “marco regulatorio fiscal que lo favorezca”.

Desgraciadamente, sin grandes inversiones que permitan aumentar la escala del proyecto, resulta sólo una medida paliativa para combatir la emisión masiva diaria de los gases de efecto invernadero. Su éxito puede depender de cuánto se pueda optimizar la producción de metanol, el cual es un combustible renovable y significativamente menos contaminante (su alta solubilidad neutralizaría su toxicidad en el agua en gran medida, en comparación con un derrame de petróleo o gasolina).

De todos modos, incorporar una de estas plantas a centrales que emitan mucho CO2 tiene mucho mérito: no es un tema menor reciclar el gas contaminante y, al mismo tiempo, que este proceso derive en un producto final valioso. Desde luego es un comienzo esperanzador para la humanidad.

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