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‘Carne’ de hongos: poca inversión y limitado impacto medioambiental

Jaime Quirós – Para muchos países, especialmente los países con cultura hispana, el consumo y la producción de la carne va más allá de su importancia económica: está ligada a la tradición y al orgullo nacional. Sin embargo, a medida que va aumentando la población mundial, la cantidad de tierras necesarias para criar animales y cultivar las plantas que se usan para alimentarlos se va incrementando desmedidamente. Según los pronósticos, en el año 2050 se podría requerir un 70% más de producción global, aunque la población sólo aumente un 34%.

Es un tema preocupante. Tanto que muchos expertos sugieren abandonar en gran parte el consumo de carne, ya que requiere mucho más terreno e inversión que los cultivos puramente vegetales. Además del beneficio ecológico y logístico de hacer la transición a una dieta menos carnívora, hay beneficios nutricionales. Por razones de salud, la cantidad de carne al día recomendada no supera los 60 gramos, y la porción cárnica de cada comida debería ocupar menos de un cuarto del plato. Esto difiere mucho de la realidad actual, donde los españoles consumen más de 160 gramos al día y cuyos platos a menudo tienen la carne como ingrediente principal.

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Foto: Getty

Teniendo todo esto en cuenta, hay que comenzar a considerar seriamente las alternativas existentes. Una de las más interesantes que se han planteado es el ‘Quorn’, un producto fabricado por primera vez en el 1985 a base de una micoproteína que se extrae del hongo Fusarium venenatum. En su país de origen, el Reino Unido, así como Países Bajos e Irlanda, el Quorn ha ido cobrando cada vez más popularidad como sucedáneo de la carne, obteniendo la aprobación de la Vegetarian Society. Con la expiración de la patente de la marca creada por Marlow Foods en 2010, cualquier individuo puede producir la ‘carne de microhongo’ legalmente bajo otro nombre. Cabe destacar que, si bien es un producto vegetariano, el Quorn todavía se elabora con clara de huevo con función aglutinante, por lo que no está calificado como vegano.

Esta carne fúngica tiene muchas características atractivas. Es rica en fibra y proteína, escasa en grasas saturadas y reduce el colesterol. Asimismo, se elabora de manera sostenible, requiriendo un 90% menos de tierras y emitiendo un 90% menos dióxido de carbono que la crianza de ganado (la cual también contamina con gas metano, a causa de las flatulencias de los animales que se alimentan de pienso económico). En términos de sabor, se describe con textura similar al pollo, pero su gusto depende mayormente de las especias con las cuales se condimenta. Esto implica que no tiene mucho sabor de por sí, pero permite al consumidor sazonarlo a su gusto.

La venta de esta carne se da sobre todo en una forma ‘lista para cocinarse’, aunque también se venden productos congelados que lo contienen, como pizzas, diferentes tipos de pasta o hasta filetes. Aunque en España es novedoso y comienza a venderse ahora en algunos herbolarios o restaurantes, en el resto del mundo ya ha ido obtenido considerable popularidad durante los últimos años. Entre el 2004 y el 2009, McDonalds ofreció una hamburguesa basada en Quorn, y en el 2018 la marca anunció que los productos de Quorn habían conseguido en 2017 unas ventas totales anuales superiores a los 230 millones de euros, un aumento del 16% respecto al ejercicio anterior.

Con estas cifras, la marca se siente muy optimista, con previsiones de superar los 1.000 millones de libras esterlinas en ventas para el 2027. En España, se estima que un 8% de la población es vegetariana, frente al 12% en el Reino Unido. Y es un grupo demográfico en crecimiento, más todavía a medida que el sector crece (un 6% anualmente según un informe de The Green Revolution). Aun así, con la patente de Quorn expirada, sería óptimo que España tuviese un productor local en lugar de depender de un producto británico. Y más ahora que cada vez parece más probable un Brexit duro que pondría trabas a la importación del producto.

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