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Balance de seis meses de guerra: las ucranianas comienzan a regresar a Kiev

·6 min de lectura
Photo credit: D.R.
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"Mamá, sabes rezar? Si sabes, empieza ya, hoy quiero salir sin alertas (aéreas)", le pide David, diez años, a su madre. David no tiene miedo de las sirenas pero le fastidian sus juegos, sueño, paseos... a su verano. A Ester, su hermana de tres años, las alarmas aéreas le provocan pánico. La niña recuerda todos los portales, donde se han estado refugiando durante los paseos interrumpidos.

"David sufre trastorno por déficit de atención e hiperactividades, le cuesta mantenerse quieto, estudiar y aceptar cambios. Ha pasado por estados de ánimo extremos desde 'prefiero tener un millón de deberes que esta guerra' hasta 'quiero morir', cuenta Iryna Vygovska, la madre de David, escritora ucraniana.

Los dos meses que Iryna y sus hijos han pasado en el oeste de Ucrania han sido especialmente duros con los chicos. "Lejos de casa, sin rutina y colegio los han llevado a turbulencias de emociones y peleas interminables. Se hacían daño el uno a otro y a ellos mismos. Tuve que explicarles una y otra vez qué está pasando en nuestro país, abrazarlos y acariciarlos 24 horas al día", cuenta ella.

Iryna, David y Ester volvieron a Kyiv [que en la grafía rusa conocemos por Kiev] a principios de abril, apenas liberaron la ciudad. "Me daba un miedo tremendo, pero sabía que era la decisión correcta, que lo único que nos puede ayudar a superar esta guerra es estar en nuestro hogar'', cuenta la madre.

Photo credit: D.R.
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Los camiones de cadáveres

La vuelta a Kyiv le ha dejado cicatrices en la memoria y en el cuerpo. “La mañana siguiente después de regresar, cogí el coche para ir a Podil, mi barrio preferido, para ver un poco cómo está la ciudad. Los controles militares me paraban cada diez minutos para revisar el carné y el coche. Pero lo que más me ha afectado han sido los camiones refrigeradores “'cargo 200' (así marcan el transporte que traslada los cadáveres durante de una guerra). He visto uno, otro, un tercero y así continuando hasta perder la cuenta. Al verles tan repetidamente, sabiendo que vienen de Bucha e Irpin, se me helaba la sangre. Tuve que bajar del coche, me tropecé y me herí la rodilla. Esta cicatriz me recuerda mis sentimientos y la imagen apocalíptica que ha quedado grabada en mi cabeza para siempre: agujeros negros de ventanas rotas en casas residenciales, ni una sola alma en las calles y camiones con 'cargo 200'.

Natalia Baku, madre de Marianna (6) y Miroslava (6) ha vuelto a Kyiv en mayo, porque ya no tenía más recursos para seguir en el oeste. A finales de primavera, Kyiv es espléndido: verde y florecen miles de castaños, los árboles preferidos por los kievitas. Dice Natalia que intenta pasear mucho, que los aromas de lilas, tilos y rosaledas le "tranquilizan y recuerdan la vida normal, la de antes". Aunque los paseos con las niñas no siempre salen a Natalia como los planea.

"A veces las alertas no nos dejan llegar hasta el deseado parque infantil o al puesto de los prometidos helados. Normalmente intentamos refugiarnos en la estación de metro más cercana, pero ayer decidí que ya no puedo más, que es tan triste y he llevado a las niñas a una cafetería al lado. La revisé las paredes y ventanales y cogí la mesita en un rincón protegido con gruesos paredes y sin cristales. Allí hemos tomado fresas con chocolate bajo el ataque".

Photo credit: D.R.
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Escanear las calles analizando la seguridad de los lugares es una nueva habilidad adquirida por los ucranianos en estos cinco meses. "Ya inconscientemente evitamos los cafés con grandes ventanales por el riesgo de ser heridos por escombros", observa Hanna Lodygina, periodista y madre del pequeño Yakhim, de 19 meses. Hanna lleva cuatro meses en Polonia con su hijo. Vino a Kyiv a ver a su marido (los varones mayores de 18 años no pueden salir del país). Recuerda que pensaba regresar con su hijo para siempre, pero su marido se lo prohibió. "No dejes que Kyiv te engatuse, no es nada seguro".

Una ciudad que parece Kyiv, pero no lo es

Hanna ha encontrado su ciudad como si estuviera cubierta con un invisible velo, parece la misma pero con el peligro tangible en el aire. Están abiertos los parques, cines y teatros, los enamorados están besándose y las abuelitas venden picotas y flores en las calles como antes. Los carteles anuncian conciertos de primavera que nunca sucederán. Sí que hay muchos militares y suena música patriótica. En la plaza de Catedral hay una exposición de chatarra, que solía matarnos no hace mucho – una muestra del imperio del mal.

"Cuando empiezan los ataques entiendo que no soy capaz de aguantar el sonido de las sirenas. Entiendo que los misiles ya han sido lanzados y que en unos segundos van a impactar o en tu calle o en la de los vecinos. Empiezo frenéticamente a revisar en internet donde han explotado o si han sido interceptados por la defensa aérea. Tampoco soy capaz de dormir después de las alertas nocturnas. No quiero que mi hijo pase estos miedos". Hanna ya está de vuelta en Wroclaw (Breslavia, Polonia), pero los sonidos de las sirenas la persiguen por todas partes.

Photo credit: D.R.
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Iryna se siente diferente. "Ni las alertas, ni los misiles me asustan tanto como el miedo de estar lejos de mi hogar, de perderlo", dice. "Ahora en Kyiv se percibe que hay más y más familias con niños. Desde España se ha vuelto el mejor amigo de mi hijo mayor y juntos están pasando este verano. Sus juegos han cambiado, ahora son batallas infinitas donde siempre ganan los ucranianos. Los veo más unidos todavía, como a nosotros, les une el odio a los invasores, han aprendido las canciones militares y les gusta gritarles".

¿Y quién puede tomar una decisión?

Ninguna de las tres mujeres tienen planes a largo plazo. Natalia no está segura de que ha tomado la decisión correcta al volver a Kyiv, no sabe si en septiembre van a abrir los colegios públicos. "Será muy raro huir ahora, ¿no?", duda. Dejar la ciudad significa dejar al padre de sus hijas y su casa por un tiempo indeterminado. Ha encontrado un trabajo muy inferior a su calificación y piensa apuntar a su hija mayor a cursos de medicina táctica: “se puede asistir a partir de 11 años y Marianna cumple 11 en agosto".

Iryna ha dejado de escribir libros y trabaja en la redacción de un portal de noticias, ha encontrado un nuevo colegio privado para David donde cree que él va a poder recuperar los estudios. Hanna arranca un nuevo proyecto en la televisión polaca y espera unirse con su marido pronto. De Kyiv se ha llevado un nuevo libro de la historia de Ucrania, una antigua foto con su abuelo y un post-it que le dejó en la nevera su marido el 24 de febrero. Dice "Te quiero".