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AMLO y su eterno victimismo, no importa el problema, todos lo atacan a él

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AMLO durante una conferencia de prensa. (REUTERS/Daniel Becerril)
AMLO durante una conferencia de prensa. (REUTERS/Daniel Becerril)

AMLO cada vez explora nuevos límites de la paranoia. Lo hace todos los días, como para que no perdamos la capacidad de asombro. En esta ocasión, el presidente se ha quejado amargamente de los retrasos en el Aeropuerto de la Ciudad de México. O mejor dicho, se ha quejado de las quejas por los retrasos. La vocación personalista que tiene del mundo y de ejercer el poder se hace presente en cada palabra de su soliloquio matutino.

“Me están echando la culpa a mí del tiempo que tardan los pasajeros, por los cambios que se están llevando a cabo. Viene de arriba. Quieren que nos salgan mal las cosas. Hay una campaña echándonos la culpa de que si hay saturación, si no se atiende pronto a los pasajeros es culpa del gobierno”, fue la valoración del mandatario sobre las constantes críticas que los usuarios de la Terminal Benito Juárez vierten en redes sociales.

La conclusión podría ser muy rápida y hacer que usted deje de leer este texto en este preciso momento: López Obrador es un ególatra que quiere atención las 24 horas del día y en cualquier circunstancia. Pero los motivos de esa necesidad crónica de reflectores son mucho más interesantes de lo que se podría pensar a botepronto, porque ahora parece que no le importa ponerse el pie con tal de reírse de su propia caída.

Si algo ha quedado claro sobre López Obrador durante estos cuatro años (y durante todo el tiempo que se ha dedicado a la política), es su fascinación por escuchar exactamente lo que sus oídos reclaman. Que hablen bien de él, que piensen en él, y que todas las bondades del género humano encuentren la forma de entrelazarse con él y su gloriosa historia de lucha. Por eso sus fanáticos le juran lealtad eterna y sus rivales, esos que solo lo critican porque guardan algún oscuro interés, se empeñan en encontrarle defectos hasta en su forma de saludar a alguien.

Pero en el colmo de esa adicción a los reflectores, López Obrador ha optado por hablar mal de sí mismo, o por lo menos lo intenta sin darse cuenta. Para dar explicaciones sobre los retrasos en los vuelos no encontró mejor solución que hacer uso de la excusa vieja y confiable: es un complot (aunque ahora dijo boicot). Lo de toda la vida: hay alguien meciendo la cuna con quién sabe qué intereses. Su sexenio ya está más cerca del fin que del principio, pero en cada comparecencia pública el presidente se sigue comportando como el candidato rebelde que ve conspiraciones hasta en las nubes.

Por eso, en una mezcla del victimismo y la paranoia que son santo y seña de él y de su gobierno, López Obrador no solo se sacudió la culpa por los retrasos, sino que también encontró el modo de que los retrasos, cuyos principales afectados son los pasajeros (aunque sea obvio decirlo), tengan que ver con él y con una campaña oscura tejida desde la cúpula empresarial que perdió mucho dinero con la cancelación de Texcoco.

Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. (Gerardo Vieyra/NurPhoto via Getty Images)
Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. (Gerardo Vieyra/NurPhoto via Getty Images)

Y es que todos hemos conocido a alguien como AMLO. Hagamos memoria, el presidente es esa persona que cuando le cuentas algo que te aflige, un problema que te tiene sin dormir, sale a decirte que “eso no es nada”, para luego regodearse en sus tragedias personales al estilo de “uy, a mí me han pasado cosas peores”. Todas las tragedias del país, que no son pocas y que no han disminuido con las buenas intenciones de la 4T, solo merecen la incumbencia del presidente cuando el telón trasluce a un rival (neoliberal, fifí, conservador) detrás del escenario.

Sumergido en esa lógica, a López Obrador no le importa quedar en ridículo por cuenta propia y hacerse mala publicidad, porque de todas maneras, y para sorpresa de nadie, será él mismo quien limpie todas calumnias vinculadas a su nombre. Mientras el país se desangra, real y metafóricamente, el presidente prefiere aventarse al lodo sin que nadie lo haya empujado, para luego levantarse, limpiarse, y decir que fue culpa de oscuras fuerzas desconocidas que quieren verlo derrotado.

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