Todo en la gigantesca China es desproporcionado, desde la población al tamaño de su economía, pasando -como no- por el precio de la vivienda. La burbuja inmobiliaria está alcanzando niveles nunca antes vistos en ningún otro país del mundo: una casa tradicional en Shanghái cuesta hasta 45 veces el ingreso medio anual de un hogar. De hecho, algunas familias se endeudan durante tres generaciones para comprar una casa.
La cada vez más rentable compraventa de bienes inmuebles es casi un deporte nacional para la pujante clase media alta del país. Sin embargo, el pasado mes de marzo el Gobierno de Pekín decidió poner freno a esta orgía inmobiliaria aprobando un plan económico que, entre otras medidas, grava con un nuevo impuesto del 20% los beneficios obtenidos del ladrillo.
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Sin embargo, la iniciativa no solo no ha servido para rebajar el precio de las viviendas y neutralizar la creciente especulación, sino que ha tenido un
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